martes, julio 28, 2009

...

Hay que elegir un tema desgarrador,
mientras más desgarrador, mejor.
Olvide todo lo que le hayan enseñado
de puntuación. Siempre termine
el verso
que tiene más poder con puntos
s u s p e n s i v o s...
Se ha visto: hay que doblespaciar
ultratabulear
e inventar p a l a b r a s...
Termine
un verso
y empiece
otro
en cualquier punto inimaginable...
Salpimente con una palabra —mandrágora—
que no —sitibundeando— venga al caso
cada t a n t o...
Demuestre que ha consultado el —gota de muerte
quema mi piel pausada— diccionario.
Sorpréndanos con sus imágenes
con punch. Use anglicismos,
sea moderno...

(pero que se vea
espontáneo:
usted creció
cuando la locomotora
había quedado en el
p a s a d o...)

Pida
que
le
impriman
en
papel
de
alto
g r a m a j e...
Rómpanos la madre...

lunes, julio 27, 2009

Sobre "películas", "crítica" y el odio generalizado de que soy víctima

Antes de leer la entrada que viene a continuación, hágame el favor de dar clic en este enlace para ver las fotos que metí al concurso del PhotoWalk del que hablé hace algunas entradas. Mi intención no es concursar, sino dar constancia de que fui y participé y ya. Mis fotos son una de una planta con forma de bola y otra de unos ciclistas que andaban ahí, con su equipo y todo, muy disciplinados ellos. Luego métase acá, que es un grupo de flickr con las fotos que todos los participantes quisieron compartir. Yo metí seis de las mías. Écheles un ojo, nomás para no hacerme la grosería.

Y ahora sí, la entrada.

Espero que usted, en su infinita capacidad crítica, me ayude a aclarar mis pensamientos respecto a un asunto que me está dando vueltas en la cabeza. Resulta que, entre los míos, me he dado a conocer como una maldita vieja sangrona a la que no le gusta nada. Pongo por caso la película ésta, Slumdog millionaire. Yo la vi con ganas, esperando que me asombrara o, por lo menos, que me gustara. Pero me resultó malísima desde el inicio, con su narrativa llena de parches por todos lados y dando tropezones a cada paso. Había que aplaudir el exotismo y el alto contraste y el mensaje final de que todo está escrito (porque sí, la gente todavía habla del "mensaje") y la belleza con la que se retrataba la miseria humana e infantil e india. Yo salí de ver esta película mentando madres, e hice extensivo mi desagrado. En algún momento quise comunicar las razones reales por las que me parecía una porquería, razones que eran ciertamente más extensas que las que aquí enuncio pero es que, ach, éste es sólo un ejemplo. El asunto es que, conforme fui expresando mi disgusto, me fui haciendo de una cantidad considerable de detractores, quienes básicamente me decían que el sentido crítico hace que uno no pueda disfrutar de ninguna manifestación artística. La idea es ésta: si piensas en lo que estás viendo, necesariamente le vas a encontrar peros. Yo, como soy muy sangrona y no me gusta nada, creo firmemente que sólo una actitud crítica puede derivar en el descubrimiento de piedras preciosas y evitar que uno regrese de la mina con las bolsas rellenas de trozos de carbón. Por otro lado, mantener una actitud crítica (sobre todo cuando ya gastaste cincuenta pesos en la entrada del cine, más palomitas) también hace que ver una porquería que te venden como la gran cosa sea una experiencia digna de ser discutida, sin por ello dejar de ser disfrutable. Es decir, de todas maneras te avientas una porquería de película, la criticas en sus más mínimos detalles, meticulosamente, y te ríes bastante en el proceso. Sin embargo, la gente ya no gusta de hablar de películas conmigo, mucho menos de libros o música o cualquier otra cosa.
A veces veo películas exquisitas. A veces veo películas que me venden como exquisitas. Y a veces veo porquerías espantosas que me venden como porquerías espantosas. Y aquí está el meollo del problema que vengo a plantear en este espacio.
Ayer vi Harry Potter and the Half-Blood Prince, la penúltima aventura del mago adolescente. Cualquiera que haya leído un libro o haya visto una película de Harry Potter sabe que es la boba historia de un bobo mago con una boba cicatriz en la frente. Entonces, pese a que yo iba predispuesta porque escuché varios comentarios negativos de la película, debo decir que a mí no me decepcionó. Iba a ver a un bobo mago adolescente, y ahí estaba. ¿Efectos especiales? Sí. ¿Cursilería? Sí. ¿Preocupaciones adolescentes, besos y noviazgos de secundaria? Sí. ¿Varitas mágicas y rayitos poderosos? Sí. En fin, para mí, cumplió con todo, pese a que se sacaban las escenas de la manga y a que todo era inconexo y medio incomprensible.
Cuando llegué a casa, de acuerdo con la tradición, busqué críticas de la película. Y, tal como presagiaban los comentarios escuchados antes de verla, todas las críticas eran negativas. El argumento básico era que no se había tenido respeto a la obra literaria al hacer el traslado a la pantalla grande y, oh, la escritora debe estar revolcándose en su tumba y, oh, la literatura ha sido maculada por el engendro de adaptación que se hizo de esta singular muestra del talento literario inglés.
Pensé que estos críticos (que no eran seguidores de la saga sino críticos de cine) se estaban clavando en puras tonterías. Es decir, no es J.K. Shakespeare ni J.K. Beckett de quien estamos hablando. Harry Potter no es la gran cosa. Uno se acerca a Harry Potter en sábado en la noche, como parte de la jornada de descanso y entretenimiento. No es un reto intelectual. Suficiente, pues, es un mago adolescente, y las películas malhechotas cumplen con lo que prometen, entretenimiento baratón. ¿No, no, no? Ok, usted me odia y está en total desacuerdo conmigo, ya lo sabía.
Pero, después de hacer estos razonamientos, de pronto me acordé de los argumentos que he esgrimido frente a películas que me venden como buenas, comerciales o independientes, mexicanas o extranjeras, y me di cuenta de que no es muy congruente que digamos salir contenta de ver Harry Potter y salir gruñendo de Slumdog millionaire. Pensé que si nadie me hubiera dicho que Slumdog millionaire era un peliculón, digno de todos los honores, quizás mis expectativas hubieran estado más a ras de suelo y no hubiera estado cuestionándole cada cosa y no me hubiera enfadado tantísimo. O quizás sí. Quizás si Harry Potter hubiera sido multipremiada, yo hubiera salido toda entripada del cine. O quizás no.
Entonces, bueno, me queda la duda respecto a esto, si es que tengo el sentido crítico todo atrofiado o si mi gusto o disgusto tiene que ver con las expectativas que me hago de una obra en particular o si me gustan puras películas de porquería o si, como quiero creer, hago una evaluación de las obras desde su intencionalidad.
Y no importan los títulos, Harry Potter and the Half-Blood Prince y Slumdog millionaire son ejemplos de algo que me está dando vueltas en la cabeza y que me hace cuestionar la manera en que me acerco a supuestas manifestaciones de un supuesto arte determinado.

Opine.

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martes, julio 21, 2009

Pánico a las dos de la mañana

Despierto con el ruido de la puerta de la entrada que se cierra sutilmente. Alguien estuvo aquí, no queda duda. Estoy llena de piquetes de un insecto ponzoñoso, y en este mismo están hinchándose las ronchas, enrojeciendo. Alguien estuvo aquí. Tengo comezón. Piquetes en las piernas, como quince. Uno en una nalga. Dos en la teta izquierda. Uno en el pecho. Ocho en los brazos. Uno en la cara. Mi enemigo se aleja por entre las calles aledañas, habiendo cumplido la misión de envenenarme. El veneno está cerrando mi garganta. Me asusto. Alguien quiere matarme. Patricio se despierta dando tumbos y me da una pastilla de dexametasona y pide licencia para regresar a dormir. Si amanezco muerta, considera en algún nivel de sus pensamientos aturdidos, mañana lo sabrá, una vez que haya dormido y descansado y esté más fresco. ¿Quién quiere matarme?, ¿cuál es la afrenta?, ¿qué ofrece a alguien mi muerte que no puede conseguir mientras viva?

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lunes, julio 20, 2009

I shot the albatross

Alone, alone, all, all alone,
Alone on a wide wide sea!
And never a saint took pity on
My soul in agony.

The many men, so beautiful!
And they all dead did lie:
And a thousand thousand slimy things
Lived on; and so did I.

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Medio comentario sobre el PhotoWalk

El sábado pasado fui a la cosa ésa del Worldwide PhotoWalk. Fui muy feliz, pese a que la materia fotografiable no me favoreció. Fuimos al espacio escultórico del Centro Cultural Universitario y, para los que hayan ido y, como a mí, les dé comezón cuando ven una escultura de Sebastián, sabrán que lo único que hay ahí y a lo que más o menos se le puede sacar foto es maleza. Yo me imagino que los fotógrafos profesionales que se dieron cita en ese evento habrán podido tomar fotos maravillosas, porque así son los fotógrafos profesionales. Tienen el ojo lo suficientemente entrenado como para tener buenos resultados en cualquier lugar. Por mi parte, yo soy una aficionada, como todos saben, y me divierto tirándome al suelo para fotografiar las piedras de cerquita. En cualquier momento comenzarán a hacerse públicas las fotos de todos. Muero por ver los resultados.
Och, quisiera ser fotógrafa de verdad.

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jueves, julio 16, 2009

Lo que no debía decir, lo que no podía decir, lo que no quería decir

Vengo despertando de una pesadilla que parecía interminable. Hace más de un año acepté un trabajo respecto al que tuve reticencias desde el mismo momento en que se me ofreció. No estaba en una buena situación: muchos factores se habían juntado para que acumulara en mi historial reciente una serie importante de rechazos para trabajos que sí me interesaban. Se me estaba acabando el dinero. Tenía un freelance bueno, pero demandante, y cuyos frutos no vería sino hasta meses y meses y meses después (de hecho, hace dos meses todavía me estaban depositando los últimos pesos). Pedí dinero prestado y me lo acabé y me daba miedo seguir pidiendo. Hice ochocientas libretas por encargo. Las entregué y se resistieron a pagarme por meses y meses y meses. Pasé hambre por aproximadamente dos días, no mucho más, pero, en resumen, se entiende que me la estaba pasando bastante mal, con todo y los esfuerzos sobrehumanos que Pato hacía para sacar al muerto de la barranca. Ja.
En este contexto, me llegó esta oferta de trabajo, relacionada con mi perfil y más o menos con mi formación, pero no con mi currículum. Dije que sí, firmé una carta compromiso, y me regresé a mi casa a esperar su inicio por otros dos meses sufridores. Me resistí mucho, por el hecho de que nunca tuve la intención de trabajar en algo así, pero al final llegó el momento de entrar a trabajar y entré, y me burlé de las dinámicas de integración, y me emberrinché por tener que participar en ellas.
Desde el primer día destacó que nadie sabía dónde ponerme, pues no tenía jefe o tenía demasiados (nunca supe). Me mandaban de departamento en departamento, a ver quién me decía en qué consistía mi trabajo y cuáles eran mis funciones. Durante esa primera semana terminaron mandándome a la sucursal central de la institución a que un sujeto me instruyera. Tiempo después, él terminó siendo una de mis mayores pesadillas. Estuve un mes haciendo un trabajo que era, por lo menos, para cuatro personas. Cuando llegó mi compañera, esperaba que ella tuviera las respuestas de todos los secretos en los que estaba involucrado nuestro nuevo lugar de trabajo. Ella tampoco sabía nada. Improvisamos, nos equivocamos, dijimos que sí a todo, porque nada sabíamos, y luego fue difícil echarnos para atrás, y tardamos meses en rearmar el rompecabezas de nuestras labores.
La biblioteca en la que trabajé tenía diez años de abandono y negligencia. No se entendía nada: más de diez mil libros en absoluto desorden. Era imposible encontrar información. Mucho más bajo la presión de la gente que demandaba libros específicos al momento. Desde el primer día fui tachada de incompetente porque no sabía dónde encontrar nada al toque, y porque no sabía cómo había estado funcionando en años anteriores. Fui constantemente comparada, para bien y para mal, con el fantasma de mis predecesoras. Un día fui sorprendida con la noticia de que a mí me tocaba dar clases de métodos y técnicas de investigación en inglés a un aproximado de seiscientos usuarios semanales (no exagero: era un aproximado de seiscientos usuarios semanales). Y tenía que organizar la biblioteca, crear una base de datos, toda la bola. Y dar préstamos. Y edecanear cuando se organizaban eventos que no tenían que ver conmigo excepto porque se hacían en mi espacio.
Pato ideaba mis clases. Pasábamos la noche planeando actividades que a veces funcionaban y a veces no. En mis ratos libres, entre clase y clase, catalogaba, clasificaba y restauraba libros. Estaba agotada y enojada, y mi teórica jefa no aparecía jamás y no había nadie con quien hablar y todos me odiaban intensamente.
Organicé una feria del libro. Pato diseñó las invitaciones, y no quisieron imprimirlas. Gestioné tres eventos culturales a los que no quisieron asistir. Jornadas de quince horas, atendiendo gente y editoriales y eventos culturales y siendo saboteada y malmodeada. Recobré la fuerza cuando me encontré a mi hermana en una cena en la que no había lugar para mí. Fue el mejor momento de todo el año.
Luego llegó el día fatídico en que los jefes hablaron y decidieron cerrar la biblioteca para su reorganización. Se les olvidó dar aviso a la comunidad, por lo que pareció que todo era mi idea. De aquí se suceden los azotones de puerta, la habladuría y la ojetez. Pasaron otras diez mil cosas que ya no quiero escribir. Pero por lo menos ya no daba clases.
En este contexto, mi sistema inmunológico se fue al demonio. Me desmayé a media calle, cosa nunca antes vista. Me salieron canas, puta madre. Sufrí una intoxicación. Y ya perdí la cuenta de las otras veces que me desmayé. Creo que fueron cuatro más. Por último, o mientras tanto, me amargué. Me amargué. Adentro estaba seria, cabizbaja y, a la menor provocación, agresiva. Cuando salía, todos los problemas de adentro venían conmigo, y me volví monotemática y quejumbrosa y perpetuamente agotada, hambrienta e infeliz.
Ayer terminó mi contrato. Instruí a mi reemplazo. Espero que le vaya mejor de lo que me fue a mí. Me dieron los tres pesos que me debían. Me traje de regreso mi taza verde y mis audífonos y las dos libretas que me hice para mis diferentes actividades. Las mutilé. Rompí todos mis papeles y los tiré a la basura. Y grité e hice berrinches. Y ahora hago esta entrada, bastante inusual en mí, esperando que todos los demonios se me salgan.

De regreso a donde estaba hace un año. Sólo que ahora tengo un trabajo que me ayuda a no morir de hambre y a tomarme el tiempo necesario para conseguir algo mejor. O peor, nunca podré saberlo.

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martes, julio 07, 2009

Ya me hice mucho del rogar: he aquí la respuesta

La respuesta, lector, era muy sencilla: pipiol sobre mantel.

Clic en la imagen para ver de cerca al pipiol.

Ahora estoy en un problema para determinar al ganador. Ninguno de los participantes se acercó a la respuesta, si bien todos coincidieron en que era un bicho (o un extraterrestre). Sin embargo, todos estarán de acuerdo en que la perseverancia ha hecho de Enoch un participante digno de llevarse la libretita miniatura. ¿A dónde te la mando, muñeco?

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viernes, julio 03, 2009

Inadaptada, para variar

No he logrado crecer: soy todavía la niña rara que no sabe reírse de los chistes y que siente que tiene los muslos demasiado gruesos y que no es tan buena como las demás y que cree que debería tener un pene y llamarse Juan y que no es lista ni graciosa ni creativa y que no sabe dibujar y que tartamudea cuando lee en voz alta y que escribe las letras al revés y que no sabe convivir y que corre de lado al lado del patio sola porque no tiene con quién jugar y que tiene la voz demasiado grave y que no sabe cómo decir que no ni sí ni no sé y que llora cada tercer día y que cree que merece más de lo que tiene y que es fea y desagradable y que huele raro y usa lentes y zapatos ortopédicos y la ropa de su hermana y a quien Pipa quiere menos y que es torpe y se tropieza y tiene miedo y dios no le contesta cuando reza y es desordenada y dispensable y sucia y estúpida niña problema.

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Mi voluntad es una muñeca inflable

jueves, julio 02, 2009

Sobre mis amigas

1. Les dije que quería platicarles algo importante, y me dijeron que mejor se los contara después, cuando estuviéramos de salida. Cuando estábamos de salida, mis amigas se pusieron a platicar de otras cosas, supongo que más importantes, con otras personas. A mis amigas les gusta mucho ir al gimnasio, y pueden pasar la tarde contándome de los aparatos a los que acceden en su gimnasio chic. Mis amigas se van todas las tardes al gimnasio chic y nunca tienen tiempo para nada al término de la jornada. Por alguna razón, tienen tiempo para la chela o el café tormenta con otras personas, supongo que más interesantes. A mis amigas les gusta darme consejo, y decirme que me estoy perdiendo de las cosas interesantes que pasan acá por estar allá, pero no les gusta que les cuente que allá pasó algo bastante interesante, porque, como digo, cuando iba a ponerlas al tanto, me dijeron que mejor se los contara después, cuando estuviéramos de salida. Me dijeron que me vendían una cama. Yo no quería una cama. Era una oportunidad para verlas un sábado por la mañana. Ya me iba a hacer de una cama que no quería, cuando de pronto me dijeron que no, que ya no estaba en venta. También ofrecí repostería y encuadernación y disposición y tiempo y chicles color rosa. Todo es mi culpa porque no me dejo pintar y porque no me gusta ir a la bodega Julio que queda sobre Tlalpan y porque mis blusas no muestran mis tetas y porque doy desconfianza y porque soy jodida y porque no tengo puta idea de qué es una elíptica. Quizás acceda a comprar la bicicleta.

2. Pero no me importa, porque yo tengo a Víctor Hugo.

Y vale cuatro puntos.

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Ajonjolí

Empecé a contestar comentarios de entradas anteriores y, después de contestar un par, me di cuenta de que mi espíritu no está lo suficientemente amable como para la interacción con el lector, que es bueno, inteligente y tiene onda. Perdón. Mañana sigo con eso. Y además daré la respuesta a la trivia y declararé un ganador único e incontrovertible. Aproveche las últimas horas de participación. Le enviaré el premio a cualquier punto del universo conocido.

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lunes, junio 29, 2009

Una noticia y una trivia

Primero que nada, una noticia muy importante: el sábado estuve haciendo tiempo en el Wal Mart en el que me revelan las fotos. Entre otras actividades productivas fui a la máquina de peluches (grúa de habilidad, la llama Bob Esponja). Y, sí, lector, adivinó: ¡me gané un osito de toallita multicolor!
Aquí una foto conmemorativa:

Siempre pensé que era imposible,
pero mire, y muérase de envidia.


Antes me ganaba muchas cosas, pero hace muchos años que no me ganaba nada, por lo que celebré como si me hubiera ganado la lotería.

Ahora, una trivia. Lector, preste mucha atención. Dígame, ¿qué es esto?

Las pistas son muy claras, pero trate de ser lo más exacto posible.
La respuesta más precisa será la ganadora.
Fuera de concurso: Sucesos intrascendentes y Sadóvaya
(que son parientes directos o indirectos en línea recta o inclinada
en los primeros ocho niveles de consanguineidad
de quien organiza el concurso, y, como este concurso se precia
de estar conforme a derecho, debe descalificar a su mera banda).


¿El premio?

Para esa anotación, pare ese número telefónico, llévela, llévela.

Es pequeña, pero está coqueta: 7.9 x 6 cm, forrada en un trocito de chenil (que la gente usa para tapizar su sala, pero que acá ocupamos para cualquier cosa que se nos va ocurriendo). Ande, trate de adivinar. El premio no incluye tablero de Scrabble.

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lunes, junio 15, 2009

Olympus Pen-D3 Half-frame

Hace algunos ayeres, mi mamá se fue a Europa. Como era muchacha moderna, se llevó consigo la cámara más compacta, amigable y con onda del momento: una Olympus Pen-D3 (creo que había unas de la misma línea con más onda, pero digamos que ésta tenía onda suficiente para una chica de mundo). ¿Qué fotos habrá traído mi madre de sus exploraciones en el viejo continente? Misterio. ¿Qué otros caminos habrá recorrido la cámara -con o sin mi mamá- y qué otros escenarios habrá observado? Misterio.
El asunto es que la semana pasada fui a despedirme de mi abuelita (no se azote, lector, nomás fui a desearle feliz viaje, porque está de retiro familiar en un poblado más o menos cercano) y, en su consabida generosidad me regaló la vieja Olympus Pen-D3 que perteneciera a mi mamá y a no sé qué tantas otras personas. No me regaló la Polaroid porque -oh, dramón- se la regaló a un personaje misterioso (óigase el rugir enfurecido de mis tripas). Todo esto tiene sentido porque mi abuelo tenía una gran afición por los aparatejos complicados y de alta tecnología: cámaras de fotos y de video, radios, pantallas de proyección y un largo etcétera que ahora es más bien corto, porque todo se ha regalado y vendido y prestado y perdido y, ah, por fortuna me he quedado con la vieja cámara.
En cuanto tuve la cámara en mi poder, corrí a revelar un rollo que estaba ahí atrapado desde hace por lo menos diez años. Encontré pocas fotos: imágenes de mi abuelo Carlos sonriendo a la cámara, de mi abuela cocinando y del atleta paralímpico Juan Ignacio Reyes, quien -a que usted ni se lo imaginaba- es amigo de mi abuela desde hace muchos años. Larga historia.
De inmediato le puse un rollo nuevo a la camarita, y a disparar. Tomé fotos maravillosas por la zona de mi casa: microbuses, perros, zapatos, piñatas, letreros, patricios, plantas, comida. Esa misma tarde llevé el rollo a revelado, y mi sorpresa fue mayúscula cuando salió virgen. Sí, lector, puse mal el rollo, y la cámara lo escupió y no me avisó e hice el ridículo en mi centro de revelado más cercano.
Tuvo que pasar una semana entera para que otra vez pudiera salir a la calle a tomar fotos a toda velocidad, de camino a hacer las compras quincenales. Si bien ahora no me esforcé tanto en tomar las fotos ni en encontrar objetos maravillosos, estoy contenta con los primeros resultados. Aquí hay algunas fotos tomadas por mí, y otras tantas tomadas por el Pasto. No se vaya sin darme su opinión.

Mandando mensajitos
y poniendo mi cara de pocos amigos.



Mi pila de trastes limpios
y mis trastes de lejos con cafetera, trapos y calentador.


Xola Luz y Zazá
y Xola Luz solita.


Yo desatendiendo a mi hijo maltratado
y yo huyendo de la lente.


Un lugar con servicio de guillotina
y nuestros pies.


El refri y el horno que tiene un botón que dice
"Pescado a la veracruzana".



Yo muy metida pegando las guardas de un libro
y un puesto del mercado.

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domingo, junio 07, 2009

Aprendiendo a retocar

martes, junio 02, 2009

Sobre lo que encontré y que me hizo extremadamente feliz (o de cómo pueden contentarme con basura)

Qué bonito es el chisme cuando educa. Cuando no educa también es bonito, porque entretiene aunque envenene el alma del chismoso. Cuando educa también entretiene y también envenena, pero con el valor agregado de que aporta información hasta cierto punto desconocida. A mí el chisme no me envenena, porque carezco de alma, y es ésta la razón por la que he cultivado el arte del chisme sin remordimientos.
Es de muchos sabido que me es dado coleccionar basura, sobre todo la muy valiosa que encuentro en el interior de los libros viejos. Hace no mucho encontré una foto en un libro para chicas católicas. Alguna vez exhibí en este mismo espacio algunas porquerías que recolecté en un par de días. También encontré unas cartas en un departamento al que me metí. Enrique Guzmán apareció en un recetario. Nunca transcribí la carta de amor a Cielo ni mostré la foto que encontré en Santo Domingo ni las que mis papás encontraron en el cuarto de adobe. Mis agendas guardan muchos recuerdos de gente a la que no conozco, y que por lo general ya tienen sus años. Éste, querido lector, es, precisamente, mi género de chisme predilecto.
Hoy, hasta el mediodía, tuve un día normal: aburrido. Recordé súbitamente que tenía una pila de libros viejos que revisar. Me dispuse a la tal empresa, y mi asombro no cesó hasta que tuve en mis manos no uno, no dos, no tres... quince documentos con mayor o menor contenido anecdótico y la fotografía de una dedicatoria en mi cámara. Todos los documentos encontrados hoy pertenecen a las mismas personas, a una familia, o están relacionados en mayor o menor grado a ellas. Primero me estuve burlando del nombre propio del padre de familia, pues juro que no sabía que ése fuera un nombre que se le pudiera asignar a una persona. Y luego, a mayor acumulación de documentos, se me fue dibujando una historia antigua e intrigante. Estas personas viajaron la mitad del mundo: Puerto Rico, Madrid, Ciudad de México, Rusia, Dublín, Marruecos... Algo me dijo que tenía que preguntarle a Google. Antes de que me diera cuenta, estaba leyendo entrevistas, páginas con resúmenes de biografías y crónicas de homenajes de pipa y guante, breves recuentos históricos de la música en México, del Conservatorio, de técnicas de piano, de otras muchas ubicaciones geográficas que no tenían mención en mis quince documentos, de experimentos sobre animales, de trasplantes de órganos, de la historia de la ciencia en el país, de padres que prohiben a sus hijas planchar y cocinar, porque deben dedicarse al arte.

¡Qué historia propia de Enrigue! El linaje de Beethoven en Mixcoac, facsimilares, Dublín a unos pasos del metro Sevilla.

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martes, mayo 26, 2009

Perdón por concluir tan chafamente la historia de la termovianda. Tratemos de olvidarla. Les ofrezco tres imágenes al azar para su distracción

Horrendísima mosca trotamundos.
Viajó de casa de mis papás a casa de mi abuelita,
y comenzó una vida panteonera llena de aventura.
Clic en la imagen para ver más grande:
es verdaderamente asquerosa vista de cerca, con sus pelos y todo.


Mantequilla y la manzana.
Conozcan los dedos de mi padre en la esquina inferior derecha.

Xola Luz, la planta con flores.
Bebe demasiado. Me preocupa su futuro.

lunes, mayo 25, 2009

Post que habla sobre... cosas (la conclusión)

Espero no decepcionar al lector cuando le diga que lo que sucedió a continuación fue lo que sigue (y es que después de dos semanas del asunto ha pasado mi entusiasmo inicial por mi anécdota de compras de medianoche y opresión): mis cálculos sobre los productos a adquirir esa noche en el supermercado fueron tan acertados (sin considerar la termovianda), que me excedí en solamente setenta centavos al dinero disponible en la tarjeta de despensa. Mi efectivo, por su parte, era un billete de doscientos y dos monedas, que juntas sumaban sesenta centavos. Concepción, tras pasar la tarjeta, me pidió los setenta centavos que aún adeudaba. Viendo mis posibilidades, le ofrecí los sesenta que tenía, para así evitarnos los problemas de cambiar el billete de doscientos por menos de un peso. Pero no, Concepción dijo, en pocas palabras, que uno no puede ir por la vida pidiéndole dinero regalado al Guálmar local. Tomó el billete y anduvo de caja en caja pidiendo cambio. Cuando finalmente regresó, fue para darme ciento noventa y nueve pesos con cuarenta centavos, cantidad repartida en montones de monedas de baja denominación. Si de todos modos me va a cobrar sesenta centavos, ¿por qué demonios se toma la molestia de convertirme mi billete de doscientos en medio kilogramo de moneditas de baja denominación?, le pregunté, palabras más, palabras menos, y me repitió aquello de que no puedo andar pidiéndole regalado dinero al Guálmar, y se puso a revisar su manicura, dando su jornada laboral por terminada. ARGH. Primero no me quiere vender mi termovianda, y luego esto. Me fui a servicios al cliente, a hacerle un berrinchito conmovedor al sujeto al otro lado del mostrador. Fortuna quiso que el encargado en turno fuera uno de ésos empleados a los que el resto del personal odia: su deber con el cliente va más allá del horario establecido, de modo que, sin importarle que ya fueran las 23:30, envió una comisión a investigar el precio de la termovianda, y luego hizo que Concepción reabriera su caja para cobrarme, con lo que, de paso, me deshice de la mayoría de mis moneditas. Uiii, termovianda. Luego ya me sentí mal, y mi alegría inicial se fue al demonio cuando me puse a pensar en la situación de los empleados de Guálmar y en los de la Parisina y, ay, en todos los empleados jodidos que sufrimos maltrato e incomprensión, y que no nos pagan lo suficiente como para, además, poner buena cara ante la adversidad. Pffft. Tengo la capacidad de joderme la existencia sin necesidad de nadie.

Boal estaría orgulloso de mí:
ésta es mi imagen de opresión, desde cualquier perspectiva.


Pronto: fotos de la termovianda, la mатрёшка de los tuppers.

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miércoles, mayo 13, 2009

Post que habla sobre... cosas

Quizás usted ya se haya dado cuenta de que soy una de esas personas desposeídas que requieren tomar un segundo trabajo. En caso de que este hecho haya pasado inadvertido, lo dejo sentado en este instante: soy una de esas personas desposeídas que requieren tomar un segundo trabajo. Quiso Fortuna que, dada esta situación, yo encontrara una oportunidad que le queda como guante a mis posibilidades: la segunda jornada, de medio tiempo, comienza a treinta minutos de terminada la primera, de tiempo completo; el segundo lugar de trabajo se ubica a dos minutos del primero (a siete, si opto por caminar); el primer lugar de trabajo, aunque no tiene un tiempo libre fijo, me proporciona la libertad para comer sin necesidad de abandonar mis obligaciones y sin tener que esconderme mucho. Esto último constituye la esencia misma de lo que a aquí quiero relatar. Lector joven y juicioso: siempre he sido desordenada para comer. Ni siquiera en tiempos en que mi jornada laboral comenzaba allá de las 17:00 podía hacerme un espacio para desayunar correctamente y, en lugar de eso, compraba algún alimento de dudoso valor nutrimental en algún lugar de igualmente dudoda asepsia. Este caso es sólo un ejemplo de la negligencia respecto de los alimentos de que he sido objeto en diferentes escenarios de mi vida. La misma Fortuna que me ha asistido para encontrar un segundo trabajo, sin embargo, me ha favorecido con un marido sumamente generoso y amable, que vela por el equilibrio de los alimentos que consumo. La rutina de la mañana incluye, desde ahora, un tiempo para la preparación de los alimentos que he de llevar a pasear durante todo el día, hasta que pueda hacerme un espacio para comerlos. Pues bien, en un principio estuvo el tupper rosa con divisiones; luego, el gris horrendo con una división, y a ellos se añade el auxilio de la lonchera térmica color celeste venida directamente de un laboratorio, y cuyo costado luce la leyenda "Zuftil Sufentanilo". Todo iba bien, hasta que conocí la "termovianda". Oh, termovianda. Sucedió de esta suerte: caminaba por los pasillos de mi Guálmar local a las 23:00, hora en que el tal establecimiento cierra sus puertas al público. La misma Fortuna que ha estado manipulándome a últimas fechas me llevó al pasillo "Hogar". Ahí estaba, negra y reluciente en toda su negra y reluciente gloria. Sí, la termovianda. Me la tuve que llevar, pues no quedó duda, en ese mismo instante, de que ella debía ser mía, y yo debía ser suya. Fuimos, pues, con toda la compra quincenal, a la caja. La señorita cajera, de nombre Concepción, fue la encargada de mi caso. Al llegar a la termovianda, se percata de que no tiene código de barras, etiquetita, calcomanía, nada. Siendo para entonces las 23:10, calculo, no quiso ya molestarse en investigar el precio. Me dijo que no se podía, y hasta ahí, mientras yo imprecaba a Fortuna por jugar conmigo sin tomar en cuenta mis sentimientos ni los de mi termovianda. Acepté, sin embargo, el nuevo designio y, justamente cuando estaba por seguir con mi vida, sucedió lo que a continuación relato.

...continuará

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martes, mayo 12, 2009

Por ahora no hay tiempo para una entrada. Mientras tanto, les dejo la foto de Mantequilla y el girasol

jueves, mayo 07, 2009

Hoy es cumpleaños de una famosa bloguera

En su honor, La cabeza de Berlioz se ha dado a la tarea de poner a disposición de los fans un producto exclusivo, especialmente diseñado en Paint para la ocasión.

¡Feliz cumpleaños, Chole!

Ésta es su oportunidad para dejar que la musa los agorzome en la creación de un mensaje de felicitación con punch. Vaya a lucirse con su elocuencia y sus firuletes retóricos a, ya sabe, sucesosintrascendentes. Ahora, si tienen un monitor de 7.5 pulgadas, éste es el formato de guolpéiper que estaban esperando. Descárgenlo ahora, ¡gratis!

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