domingo, noviembre 20, 2005

I feel Busted!

Esta mañana Canal Once pretendía transmitir dos películas de Buster Keaton. Sólo pudieron pasar una – Sherlock Jr. – la cual fue suspendida dos minutos antes de acabar, dada la intromisión de las fiestas de la Revolución Mexicana. Al menos pude ver la mayor parte: la trampa tendida al aprendiz de Sherlock Holmes por el “galán local”, su versión onírica – y la de su sombrero – metiéndose en la película donde libra un hacha, una bebida envenenada y una bola de billar preparada para su explosión. Lo más gozoso: la larga secuencia en que Keaton se queda abandonado en el manubrio de la motocicleta sin darse cuenta de que el policía se ha caído kilómetros atrás, dando lugar a milagrosos libramientos de obstáculos, que sólo concluyen cuando el detective aterriza en el sitio en que tienen capturada a la chica.
Me impresioné con los efectos visuales. La película fue filmada hace más de ochenta años, y resulta muy sorprendente el sucesivo cambio de planos que se hace cuando el protagonista entra en la pantalla del cine; o cuando, al quedarse dormido, un Buster Keaton transparente se desprende del original. Atinar a todas las bolas de billar, menos a la número 13 – a la que se rodea, brinca, esquiva –, ¿es producto de un efecto visual o de la destreza de Keaton?
¡Oh, si el detective hubiera sido un poco más veloz en sus imitaciones, yo hubiera podido ver el beso que finalmente le iba a propinar a la chica! Unos segundos antes del beso: Fox y Marthita. Frustración, ¡ven a mí!

sábado, noviembre 19, 2005

¿Café, gris, negro? Tal vez en el Polo Sur


Querido lector:
Preste ayuda a los daltónicos. Azul dice que negro, Nadia y mi mamá dicen que gris, mi papá dice que café, yo digo que verde botella. Juzgue usted, y ayúdenos a salir de esta discusión que no parece tener fin.

miércoles, noviembre 16, 2005

Tuve una horrible pesadilla (sí, sí, otra vez esos estúpidos peces betta; tal parece que, en el fondo, debo verlos bien feos)

Pero todo se va a quedar así porque, desde que Fernando me cobra, ya no sé si – desde el principio – he sido creyente de la gratuidad o de la psicología.

lunes, noviembre 14, 2005

El fantasma de mi madre

Ya oscureció, pero todavía no prendemos las luces del jardín; la única luz que se ve en la cocina es la de la cocina misma. Mi papá se acaba de ir a trabajar, y mi madre quién sabe dónde se metió. Buscándola, le grito: “Mamá, madre, madrecita, jefita”, y todas esas cosas que le grito siempre. Por fin contesta. Su voz viene del otro lado de la puerta de la cocina (que es de vidrio), es decir, está a punto de entrar a la casa. Me asomo y, de primera vista, veo a alguien que hace que se me voltee el estómago al revés: es alguien tan familiar, que he visto en algún sitio tantas veces, pero no es mi mamá; es mi mamá, pero es diferente. Maldita sea mi estampa: es mi reflejo.
Ya sé, ya sé, mi post está re menso. Pero es que, ¡me viene el susto tan sorpresiva, tan inopinadamente! ¿Dónde estaba cuando tenía hipo y estuve cazándolo en el espejo? Ese torpe relato lo dejo para otro día, para un post aún más torpe.

viernes, noviembre 11, 2005

Hipotermia


Ya estuvo: ya compré Hipotermia. Aún no puedo comentar gran cosa, pues no estoy tan avanzada en mi lectura. Pero, con toda seguridad, el libro está resultando tan inteligente, ágil y entretenido como me imaginaba. Acaso más. Por lo pronto, gozo del ir y venir de los personajes voluntariosos, que van por las páginas filtrándose por los cuentos como se les viene en gana. Por ahí se pasea, incluso, una reminiscencia de “la matrona del piquete felino”: la Gula de Aristóteles Brumell.

jueves, noviembre 10, 2005

Plagas

Hace un par de horas descubrí en mi casa a una pequeñísima rana. No sé cuánto tiempo tendría aquí metida, pero me imagino que ya tenía un buen rato, porque estaba seca y llena de polvo. Varias veces la atrapé, y varias veces brincó de mi mano. Con mucho trabajo logré meterla bajo el chorro de agua. Y siguió escapando, y seguí atrapándola. Después de un buen rato, logré sacarla al jardín, para que se reintegrara a la vida ranense.
Yo, desde el principio, no tuve otra intención que hidratar y poner a salvo a la rana. Eso me queda absolutamente claro. ¿Le quedaría claro a la rana? Ella vio mis enormes proporciones, oyó mi terca y grave voz tratando de convencerla de subirse a mi mano; estar seca, desamparada, llena de polvo y atrapada en un enorme espacio artificial sin posibilidades de supervivencia le parecía mucho más seductor que mi mano.
Definitivamente es verdad lo que dice Aldo Iván: "las ranas piensan como ranas".
Y ahora me vengo a acordar de Quevedo, y de Las zahúrdas de Plutón. Yo, de pausado entendimiento, suelo olvidar que los negocios con ranas tienden a ser desfavorables. Las ranas lo eran antes de entrar a la zahúrda, también lo eran después. Gran castigo su inmutabilidad. Ruidosas, húmedas, perniabiertas. También suelen ser, así lo creo, bastante engañosas: se presentan en desamparo, son bellas, verdes y brillantes… pero siguen siendo ranas.
Y ya había dicho que no trato asuntos con ranas.