jueves, noviembre 10, 2005

Plagas

Hace un par de horas descubrí en mi casa a una pequeñísima rana. No sé cuánto tiempo tendría aquí metida, pero me imagino que ya tenía un buen rato, porque estaba seca y llena de polvo. Varias veces la atrapé, y varias veces brincó de mi mano. Con mucho trabajo logré meterla bajo el chorro de agua. Y siguió escapando, y seguí atrapándola. Después de un buen rato, logré sacarla al jardín, para que se reintegrara a la vida ranense.
Yo, desde el principio, no tuve otra intención que hidratar y poner a salvo a la rana. Eso me queda absolutamente claro. ¿Le quedaría claro a la rana? Ella vio mis enormes proporciones, oyó mi terca y grave voz tratando de convencerla de subirse a mi mano; estar seca, desamparada, llena de polvo y atrapada en un enorme espacio artificial sin posibilidades de supervivencia le parecía mucho más seductor que mi mano.
Definitivamente es verdad lo que dice Aldo Iván: "las ranas piensan como ranas".
Y ahora me vengo a acordar de Quevedo, y de Las zahúrdas de Plutón. Yo, de pausado entendimiento, suelo olvidar que los negocios con ranas tienden a ser desfavorables. Las ranas lo eran antes de entrar a la zahúrda, también lo eran después. Gran castigo su inmutabilidad. Ruidosas, húmedas, perniabiertas. También suelen ser, así lo creo, bastante engañosas: se presentan en desamparo, son bellas, verdes y brillantes… pero siguen siendo ranas.
Y ya había dicho que no trato asuntos con ranas.