jueves, enero 12, 2006

Manzano estéril

I.
Todo conflicto de La hija del capitán se cifra en un breve diálogo que, en una primera lectura de la novela, quiere mostrarse insignificante:
- Bien – dije fríamente –, si no quieres darle cincuenta kopeks, dale algo de mi ropa. Lleva muy poco abrigo. Sácale mi tulup de conejo.
- ¡Pero, Piotr Andréyevich, por favor! – exclamó Savélich –. ¿Para qué quiere tu tulup de conejo? ¡Si lo cambiaría por vodka en la primera taberna!
- Eso, viejecito, no es cosa tuya – dijo mi vagabundo –, si lo cambio por vodka o no. Su señoría me concede un tulup de su propiedad: ésa es su voluntad de señor, y tu deber de siervo es obedecer sin rechistar.

Triste e insignificante resultara esta novela si el vagabundo considerara que no es necesaria la gratitud ante el gesto de Piotr Andréyevich Griniov pues, a final de cuentas, le otorgó el tulup por su propia voluntad. Pensemos en inviernos rusos. Entonces, al primer reencuentro del benefactor con el vagabundo – ahora descubierto Pugachov – Piotr hubiera sido muerto.
Pero hasta el propio Pugachov tiene sentido de la lealtad. Aun por encima de sus convicciones, por encima del deber, Pugachov decide perdonar la vida del joven que, en un invierno ya lejano, le otorgó su prenda por voluntad propia.

II.
A propósito de María Ivánovna, Pushkin recuerda un fragmento de una canción rusa propia de las bodas:
Como nuestro manzano,
que no tiene hojas ni brotes,
nuestra princesita
no tiene padre ni madre.
No hay quien le aconseje
no hay quien la bendiga.

Es para llevarle un pan a María Ivánovna, la huérfana, que Piotr arriesga su vida. Pues es que si bien Pugachov ha perdonado a Piotr por lealtad y gratitud, no lo hará incondicionalmente. No si salva a la hija de Iván Mirónov. Y, ¿acaso María Ivánovna pidió a Piotr que hiciera tal sacrificio? Nuevamente, Piotr actúa llevado por su propia voluntad. ¿Debe, entonces, esperar alguna gratitud de María Ivánovna?
Triste e insignificante resultara esta novela si Piotr – orgulloso – esperara algo a cambio de sus actos.
¿Por qué, entonces, ahora que regreso a Pushkin, sólo Shvabrin me parece verosímil y coherente? Shvabrin, el que olvida la lealtad por la promesa del poder, por la grandeza. El orgulloso. El que reconoce en María Ivánovna al manzano infértil, ése que más vale en siendo arrancado de raíz, que – a fuerza de sacrificio – siendo salvado.
¡Qué bueno que no soy grande como Piotr; qué bueno que no soy chica como Petrusha!