sábado, marzo 11, 2006

Being for the benefit of Mr. Kite (I)

Siempre que en primaria me dejaban hacer una maqueta, un rompecabezas, un cartel o cualquier cosa que implicara cierta habilidad manual, paciencia y pegamento blanco, mi mamá era la que se quedaba toda la tarde conmigo, hasta que – no sin pelear en un par de ocasiones – la manualidad en cuestión quedara tal como mi madre la había proyectado mentalmente. Debe haber sido por estas fechas, pero hace miles de años, cuando me encargaron llevar un papalote a la escuela. Esos delicados artefactos deben ser lo suficientemente fuertes como para no romperse con las caídas o con los vientos fuertes, pero tampoco pueden llenarse de engrudo o masking tape, porque entonces quedan demasiado pesados, y no vuelan. Confeccionarlo, pues, fue labor delicada. No sólo debía quedar bonito y bien estiradito el papel china naranja y azul. Mi madre y yo tuvimos de poner en perfecta armonía los abatelenguas – seguramente estafados del IMSS por un personaje del que guardaré anonimato, por la gravedad de la falta –, y los pocos puntos de pegamento blanco. Agregamos una linda cola color azul con moñitos (como papalote de caricatura) e hilo.
Llegó el día de volar el papalote en los campos de la escuela. Todos los niños llevaban sus papalotes caseros – colita de moños, papel de china bien estiradito – y su cara de desvelados, igual (de ñoños) que yo. El viento era favorable, hacía sol… todos los elementos necesarios para que un papalote vuele estaban presentes. Pero no, mi papalote no voló. Seguí instrucciones, pedí consejos, accedí a prestarlo a distintos voluntarios. No, mi papalote no voló.
Mi escuela no era grande, de modo que debería recordar al niño del que a continuación hablaré. Pero mi memoria ha bloqueado su cara y su nombre. Él no llevó su papalote. Se le olvidó, o le dio flojera hacerlo, yo qué sé. Pero, estando en el campo, siendo el único niño desocupado y aburrido, se dispuso a hacer un papalote. Le quitó el forro a su libreta; con pritt, le pegó unas raíces de pasto al plástico pegasolo cortado en forma de rombo. Consiguió hilo por ahí.
No hace falta que diga que ese papalote voló maravillosamente. Un par de maestros, incluso, se peleaban por volarlo un ratito. Para entonces, mi propio papalote estaba convertido en un revoltijo naranja y azul, astillas, y una colita de moños.

5 Comments:

Anonymous CHOLE said...

Me encanta que mucho de lo que escribes sea muy similar a lo que pienso y siento. Sufrimos de traumas similares. No entiendo por qué.

22:32  
Blogger Aldo Iván Espinosa said...

Debe ser porque son hermanas, Chole.
Aunque confieso que, de pequeño, alguna vez se me prometió enseñarme a hacer papalotes y volarlos, pero el tío que hizo tal promesa jamás la cumplió. Técnicamente, yo también soy un abandonado del papalote.

¡Me encantaron los dos posts!

23:07  
Blogger Fairest Creature said...

Hermana: te educaron raro... quedaste mal. Y no entiendo por qué. Pero ya se nos saldrá el traumita, maldita sea, se nos saldrá.

Enano: estoy viendo que la media es que nadie haya volado un papalote. Eso me hace sentir mejor. Te conmino a que aprendas a volarlos conmigo; luego buscamos a tu tío y le presumimos nuestras habilidades (¿Será, será que podremos volar un papalote?.

Gracias a ambos por la visita.

12:23  
Blogger Berenikkha said...

Yo también he de confesarme: nunca en mi vida he volado un papalote, ahora me acaban de dar unas ganas locas de hacerlo... comparto absolutamente mi frustración con todos ustedes...

11:37  
Blogger Fairest Creature said...

Pau: Pues ya, a resolver el tal asunto. Que se haga esa gira, que se haga.

11:54  

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