sábado, enero 06, 2007

Queridos Reyes Magos

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Ayer, en este espacio, escribí mi linda carta a los Reyes Magos. Estaba triste, extrañaba a mi familia. Aún la extraño, la extraño a cada rato. Nuestras actividades cotidianas nos tienen a todos regados en diferentes sitios y horarios.
Este año falté al siete de mayo, al diez de mayo, al veintiuno de mayo, al veinticuatro de mayo, al siete de agosto, al dos de septiembre, al veintisiete de noviembre, hasta al quince de diciembre, todos fueron laborales. Estuve el veinticuatro de diciembre, pero no el veinticinco. Falté al treinta y uno de diciembre y al uno de enero.
Trato de no hacer demasiado drama, y de no sólo conformarme, sino contentarme y divertirme con lo que sí tengo, y con las personas a las que sí veo.
Desde los últimos días de mayo me tortura la idea de ser olvidada. Y mi familia no ha escatimado en demostrarme que sí importo, que nadie me olvida, que mi lugar está en casa, aunque yo no esté. Como nunca, han hecho travesías fugaces a su aborrecido Distrito Federal, sólo por verme. Han venido a desayunar, a recogerme para llevarme a casa... el cumpleaños de Azul se festejó acá, y yo pude estar.
Ayer, Día de Reyes, me dio tristeza no poder estar allá. Ésta es la primera parte de un mail que les envié a los tres por la tarde:
Pues, ¿qué creen? Hoy es cinco de enero, y yo estoy sumida en la depresión, pues es mi primer Día de Reyes fuera de casa. Eso me entristece. Cuando salí a comer, sola, me senté en una banca, y pasaron volando varios globos con sus cartas en el extremo del cordel. Bua, quisiera estar allá. Mañana sería el día en que ustedes me avientan temprano en casa de Azul y Chole, donde puedo jugar con los juguetes de mi sobrina y los de mi hermana y los míos. Haría mucho café en la cafetera de Chole y me comería sus barritas, y le cambiaría al canal de la tele, para disgusto de ambas habitantes. En la noche llegarían ustedes, pás, con la rosca y el chocolate. Azul se pondría loca, y todos nos iríamos corriendo. Es la tradición. Pero ahora yo no vengo incluida en las tradiciones, y eso me pone muy triste. Sólo espero que pongan mi zapato abajo del árbol de Navidad, o que los Reyes encuentren su camino hasta casa de mi abuelita.
Ya sé, es de lo más cursi. Pero si bien ya soy cursi por naturaleza, cuando me deprimo me pongo peor, y cuando me deprimo en Día de Reyes me pongo peor todavía. Soy un asco.

But... "there's always something"
Llegué muy tarde a casa anoche. Diez minutos antes de la una de la mañana, me parece. Quién sabe por qué se me hizo tan tarde. Desperté a mi abuela sin querer, porque la boca me venía hablando mucho. Ella ya estaba dormida. Se levantó a esa hora para que paseáramos por el centro de Azcapotzalco. Nos tardamos una hora y media en caminar una cuadra: de Lerdo de Tejada a la Casa de la Cultura, sobre avenida Azcapotzalco.
Nunca había experimentado la adrenalina de la madrugada del seis de enero. La gente regatea, grita, se desespera, se arrebata los juguetes con otros Reyes Magos impuntuales. Espectáculo muy divertido para los que sólo vamos de mirones. De paso, mi abuelita me compró unos calcetines, que más tarde pondría sobre mis zapatos, que habían sido abandonados a medio camino, tras la jornada laboral. Por allá de las dos de la mañana, abuelita y yo caminábamos y comíamos banderillas y café.
Me arrepentí de no llevar la cámara, pues hice un gran hallazgo digno de fotografiarse: encontré una maravillosa playera color rojo. El estampado era un Submarino Amarillo. Abajo decía "Ringo Tovar", y arriba tenía el Ringo de Yellow Submarine, pero con una cabeza desaliñada y lentes oscuros. Oh, una belleza, la compraré si vuelve a cruzarse en mi camino.

Una úlima cosa: los Reyes Magos no me trajeron la lámpara de muones que pedí para este año. Creí que me había portado lo suficientemente bien. ¿Cómo haré ahora mis investigaciones sobre pirámides, sin tener que cortarlas transversalmente?