viernes, agosto 31, 2007

Historia de un paraguas

Mi paraguas no es mío, es prestado. Es bellísimo: por fuera es azul marino, y su interior está forrado por una tela plateada. Lo adorna el dibujo de un delfín. La semana pasada fue una adición magnífica a una imagen digna de fotografía y que no pude fotografiar. Por allá de las 16:30 horas llovía con abundancia. El patio central del edificio en el que trabajo es amplio y limpio y bonito, y todos los oficinistas patéticos, tristes y grisáceos elegimos ese espacio para escurrir nuestros paraguas. La pirámide de vidrio, que funge como tragaluz gigante, comenzó, un rato después, a filtrar los rayos del sol tras la lluvia. Los paraguas -unos cuarenta, fácilmente, y de distintos colores- se veían bellísimos, secándose en ese espacio, todos con sus alitas abiertas. Es una pena tener que describir una fotografía que nadie tomó.
Pues bien, tengo un amigo. Él entiende casi todo y escucha casi todos mis dramas. A la mitad de uno de los peores que sufrí en algún momento del paso del pequeño Dean por el DF, mi amigo se ofreció a llevarme a mi casa. Habló conmigo, lo que le agradeceré eternamente. En cuanto se me desenmarañaron algunas de las marañas mentales, salió el sol a medianoche, y el mundo -cargado de nubes negras y lluvia y fuego- se aclaró un poco. Opino que esa es la razón por la que olvidé mi paraguas en el interior de su auto. Después de eso, mi falacia patética con forma de paraguas huyó: la novia (o similar) de mi amigo olvidó su celular en el mismo auto. Mi amigo, confundido por una serie de descubrimientos hechos a partir de ese segundo olvido, le devolvió celular y paraguas. Ella no reconoció el paraguas y, a su vez, se lo devolvió a alguien más, un amigo de la chica en cuestión o semejante.
Por alguna razón extraña, y pese a que el pequeño Dean se fue, hoy voltée y vi que "el sol había desaparecido antes de llegar al mar, en el que se hundía todas las tardes. Una nube de tormenta que avanzaba desde el oeste, amenazadora e inconmovible, se lo había tragado. Ya hervían sus bordes con espuma blanca, y su panza humeante tenía reflejos amarillos. El nubarrón gruñía y soltaba hilos de fuego de vez en cuando. [...] volaban remolinos de polvo que huían del viento, levantando de repente. [...] Seguía oscureciendo. El nubarrón había cubierto medio cielo. [...] Unas nubes blancas, hirvientes, volaban delante de la nube grande, impregnada de agua negra y de fuego. Algo brilló y sonó sobre el monte".
Mi paraguas está perdido, y no sabe cómo llegar a casa. ¿Alguien puede ayudarme a encontrarlo en medio de la tormenta?

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