viernes, febrero 29, 2008

Precaución: últimos días de febrero (III)

De pronto me angustio muchísimo, y de inmediato me duele la cabeza. He tomado como quince gramos de aspirina en dos días. Me da toda el hambre del mundo y me como un elefante. De pronto no me da nadita de hambre y me quedo dormida por ahí.
Soñé toda la noche: fumé compulsivamente todos los cigarros de la cajetilla que abrí un rato antes de irme a dormir, todo en la misma estancia desordenada en la que, durante la vigilia, había abierto esa cajetilla. Luego, quién sabe cómo, ya estaba en el trabajo. Omar, Toño, Daniel, Rocío repetían los diálogos aprendidos de memoria, escuchados una y otra vez tras uno de los dos días más monotemáticos de mi existencia (el otro fue hoy, pero para entonces mi subconsciente aún no tenía registro de ello). Luego desperté, un tanto sobresaltada, y me pegué en la cabeza contra la pared. Grité y me quejé amargamente.
Esta tarde, ya en vivo, le dije a Daniel que, para que uno mantenga la cordura, es necesario soñar cosas que están fuera de la realidad: viajes a la luna, perros que me hablan de usted, árboles que cantan. Soñar la continuación de mi realidad absurda me va a enloquecer.
Me pongo a pensar en Dostoyevski. Si algo me puede estorbar para tomar una decisión objetiva, ése es Dostoyevski y los malditos dilemas que deja por ahí sembrados sin tomar responsabilidad sobre el pobre lector que tiene decisiones urgentes y concretas que tomar en esta vida.
Ya de camino a casa, con desesperación de esa que le hace a uno hacer cosas raras: "Dios, sé que siempre has dudado de mis capacidades y que yo siempre he dudado de tu existencia; estamos parejos. Considera la posibilidad de echarme una mano, mírame nada más, doy una lástima que parecen dos. Dame una señal chiquita, pero muy evidente, una que mi cerebro pueda interpretar sin mayor complicación, no me salgas con un discurso todo rústico y ambiguo, necesito una señal, una señal, una señaaal". Y ahí me regresé a casa toda hecha bola y cabizbaja.
Llego a casa y voy a chismear la correspondencia del edificio. Buenísimo, hay un paquete; voy a ver para quién es y especular largamente sobre su contenido. Y resultó que el superpaquete era para mí: mis ejemplares de Crítica, esos que quedaron en mandarme. En previos tratos con la redacción me prometieron mil veces mis ejemplares y nunca me los mandaron. Ahora no me prometieron mucho ni repetidamente, y aquí están, en mi nueva dirección postal. Alguien dígame si es una señal. Si es así, estoy segura de cuál es la verdad que revela, pero ¿qué tal si no es la señal? Me recuerda un cuento de Kipling -no recuerdo el título- en que un paquete relleno de enigmas contiene una declaración de amor al hombre amado. Ardua adivinanza, trabajo duro, intuición, inteligencia. También me recuerda un cuento de Efrén Hernández, Cerrazón sobre Nicomaco, en que el personaje deja caer el paquete más importante que se le ha asignado jamás, y descubre que su contenido es un montón de cosas sin sentido; es necesario resolver el enigma. El enigma. El enigma.
¿Dónde demonios está María Eugenia? ¿Dónde está mi maltratado ejemplar de La conjura de los necios? ¿Dónde está mi valentía para seguir adelante o para echarme para atrás? Tibia. ¿De dónde sacaré un vienés-grande-cargado cada mañana? La única persona que puede hablar a mi favor con la gente correcta es un gringo que le roba el ADN a los nahuahablantes guerrerenses. ¿Lo hará? El enigma. No quiero mover un dedo, ¿quién ordenará todo este caos?
Quiero un litro de helado para deprimirme como señora. Quiero a Thomas Fersen. Quiero comprar una pequeña isla en el Pacífico. Quiero beber de un coco.

Lo bueno es que este último día de febrero es gratis.

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jueves, febrero 28, 2008

Precaución: últimos días de febrero (II)

Ésta es la actitud propia de los últimos días de este mes infausto:



Kiss me. When I'm being fucked,
I like to get kissed a lot!

Atticaaa! Atticaaa!

Put your fucking guns down!

Hoy hice esta referencia en el trabajo, y me vieron raro. Para mí que es más que adecuada.

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miércoles, febrero 27, 2008

Precaución: últimos días de febrero


Ya sabíamos que algo iba a pasar, por lo que la cubetada de agua helada cayó como agua tibia. Esto contrarresta el desasosiego de esta mañana, cuando la falta de gas hizo que ni mi leche se calentara decentemente ni mi baño fuera acogedor. Sí, estoy hablando de cosas distintas, pero no pueden esperar que, tras las malas noticias, mis ideas tengan coherencia. Febrero se acabó demasiado pronto, y no me dio tiempo de hacer planes, de conseguir un abogado, de especular qué decisiones tomaría dada la cristalización de los diferentes escenarios. No importa, porque -como digo- ya sabíamos que algo iba a pasar, y ya sabíamos más o menos sus directrices.
En días pasados consideré seriamente ahorrar peso sobre peso, pero después encontré a don Mueble y sus grandes descuentos, lo que derivó en la adquisición del mueblecito a la medida de mis fantasías y del comedor-mesa de trabajo-burro de planchar. Y luego comenzaron a agotarse los boletos para Bob Dylan, y me invadió la angustia pensando que va a morir en un mes o dos y que no lo habré visto actuar jamás. No pude más que adquirir un par de entradas para el concierto de esta noche. Así que podré estar muy jodida, pero triste jamás. O podré caer en desgracia, pero desde mi indigencia clamaré que, cuando mi vida iba apenas en declive, alcancé a ver -desde el peor rinconcito del Auditorio- una de las últimas actuaciones de Bob Dylan. En mi cabeza, él se convertirá en sinónimo de una vida mejor, cada vez más ajena y más enterrada en el pasado remoto.

¡Sí! ¡Hoy veremos a Bob Dylan!

Chale: lo trajo Sergio Máyer.
(Ya en esas, ojalá que traiga a Zeppelin.)

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viernes, febrero 22, 2008

Fragments left at the end of the day / A pile of blue that is soon swept away


Él tenía 27 años cuando lo conocí; yo, 18. Me asombraba; yo quería ser poseedora de su inteligencia prodigiosa y cargada de misterio. Me enseñó un pedacito de la ciudad, me dio mezcal de naranja, leyó mis cuentos, estudiamos griego, despreció mis detalles bobos.
Se transformó sin previo aviso, así, de la nada. Un día hablábamos de mujercitas y falditas; al siguiente me dijo algo del amor y del prójimo. Yo no lo entendí. Le guardé resentimiento. Luego olvidé todo, o procuré hacerlo. Creo que nunca supo lo mucho, muchísimo que me importaba, lo mucho que me preocupaba por él (muy probablemente sin sentido), lo mucho que lo extrañé cuando se fue.
Hoy me lo encontré, como un fantasma flaquito. Arrastra la s. Se ve, si no feliz, sí muy tranquilo. Raro porque, después de dos años de haberlo visto por última vez, la semana pasada le mandé un mail diciéndole que esperaba que algún azar nos juntara en Félix Cuevas. Efectivamente, ahí nos encontramos. Intercambiamos números de teléfono, nos abrazamos, nos prometimos un café de esos que se postergan hasta la muerte.

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lunes, febrero 18, 2008

Lunes, cafeína y negación

Ahora me angustia el consumo de café: dos tazas, y mi cuerpo no puede recuperarse en un tiempo exageradamente largo. Me preocupan desmesuradamente muchas situaciones: me causan aflicción las mujeres de piernas largas, las muy amables y hermosas, de cabello dorado; las señoras que me recuerdan a mi abuelita, tanto por su capacidad de mando como por su necesidad de hablar con todos los desconocidos que cruzan su camino. Recuperada del susto, me entristecen los hombres que, solos, extienden una mano para tocar las tetas de las mujeres encontradas al paso. Me agoto especulando sobre mundos posibles. Me altera la falta de sopapa, de elástico celeste, de futón color camello. Me tiembla un nervio que vive debajo de la ceja derecha. Estoy a cargo de documentos cuya ubicación desconozco; debo terminar un libro, entregar el PDF. Soy muy vieja para aprender a usar Linux. Me tortura la idea de que mi cactus muera en una helada nocturna, si es que vuelvo a olvidarlo en la escalera.
Quiero tomar fotografías y nadar y sembrar jacarandás y comer higos. No quiero aceptar lo mucho que he pensado en La caída de Edward Barnard. Quiero ser una criatura silvestre, cortar cocos, cambiar su pulpa por algodón, bañarme en una piscina natural, andar por el mundo envuelta en un pareo.

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domingo, febrero 17, 2008

O volveré a leer teología en los pájaros

jueves, febrero 14, 2008

Hackeo de San Valentín - I'm your man

Los segundos, los instantes, los minutos y los suspiros se clavan en las puntas de mis dedos en cada tecleo. Me siento atrapado en esta oficina y me siento fracturado teniéndote a poco más de una hora de distancia. Aquí se plasma esa promesa y todas las promesas.

Dedicada para vos...

sábado, febrero 09, 2008

¡Feliz!

Este post será breve, lo prometo de antemano.
Sólo quiero dejar testimonio de que hoy ha sido un día buenísimo. Nos despertamos relativamente temprano, realmente temprano para ser sábado. Nos salimos a la calle, y dejamos la casa toda tirada. Fuimos al cine. Yo estaba muy entusiasmada, pues en el itinerario estaban No country for old men y Sweeny Todd, y es bien conocido mi amor por Burton y Depp e Ethan y Joel.
Primero vimos la de los Coen, y salí con ganas de verla de nuevo. No me decepcionó ni un poquito, es maravillosa. Saliendo del cine, encontramos una moneda de un peso de 1984, y pensé que esa moneda había viajado hasta ese punto durante veinticuatro años, y era necesario escoger cara o cruz, sin saber qué nos estábamos jugando.
Comimos unas tortas medio raritas que me hicieron recordar mi fobia a la tifoidea. Huimos de unos argentinos. Vimos una jacarandá. Después, un azar nos condujo a un Sanborns. Lo íbamos atravesando cuando a lo lejos vi que estaba la revista Crítica de este bimestre. No iba a detenerme a verla, pero me ganó la curiosidad. Repasaba el índice, repitiéndome que no debía comprarla a menos que encontrara algo que me interesara genuinamente. De pronto, ¡sorpresa!, vi mi nombre en el índice. Resulta que publicaron un ensayo que mandé hace tiempo a la redacción; originalmente me lo habían rechazado, y me aprobaron otro que publicaron en su momento. Éste, evidentemente, había quedado descartado para siempre, o eso pensé. Fue una grandísima sorpresa; me puse muy, muy feliz, y me compré dos ejemplares. Tomamos café.
Luego vimos la de Burton. No me pudo gustar más. Salí cantando, y esperando volver a verla pronto. Caminamos brevemente por el centro. Por alguna razón me acordé de Claudia y la extrañé. Debo escribirle pronto.
También estoy contenta porque, ayer, logré terminar el libro que tenía pendiente en el trabajo, aunque aún hay que hacerle muchas cosas. Además, esta semana llegó de la imprenta un libro que corregí y que Toño diseñó. Nos quedó hermosísimo. Encima, mi antigüedad en Telcel me ganó el derecho de hablar localmente por un peso el minuto, y tenemos un pastel de kiwi y frutilla. Uiii.
Justo ahora estoy oyendo un disco de 31 minutos, el de Guaripolo, y bebo mate cocido que Pato me preparó. Y, como tenemos que poner repisas y encuadernar, doy fin a este post que, de tan optimista, da escalofríos.

Mañana, si no me da flojera, ilustraré este post con bonitas fotos alusivas a los diferentes eventos en él referidos.

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martes, febrero 05, 2008

Combo: cinco posts en uno

1. Sobre la necesidad de conseguir cajones en mi lugar de trabajo
Llegué esta mañana al trabajo sólo para encontrarme con una sorpresa desagradable: mis audífonos gigantes desaparecieron. Verá usted, he trabajado en sitios de tan poca monta en los que es perfectamente comprensible que desaparezcan las galletas de avena del interior del cajón con llave. También trabajé en un sitio en el que se podía dejar, durante un día y una noche, un billete encima del escritorio frente al que caminaba todo el personal; cuando se le buscaba, ahí estaba el billetito reluciente, esperando a su dueño genuino. Mis audífonos, sin embargo, salen de la dicotomía dinero en efectivo-alimento alto en fibra para romper el ayuno. Son hermosos y están personalizados: en un lado tienen una calcomanía de bicho; en el otro, una bandera de Argentina. Soy reconocida por ellos, y ellos son reconocidos por mí. En fin que, al no encontrarlos en su lugar altamente accesible, entré en pánico. Corrí a preguntarle a los presentes si los habían visto, y no, nadie los vio. En todos nació la sospecha de que un ladrón vive entre nosotros.
No la hago más larga. Resulta que no, que nadie se los robó. Sucede que la autoridad encargada de la seguridad del instituto en el que trabajo, tuvo una emergencia el viernes y se los tuvo que llevar. Yo no puedo imaginar una emergencia que implique audífonos gigantes. No importa, en cuanto supe que el poli los tenía en su poder, me volvió el alma al cuerpo.
Más tarde fui receptáculo de las bromas de mis compañeros, y uno de ellos terminó escondiéndomelos en un cajón. Och. Mis audífonos, sépanlo, son importantes para mí.

2. Sobre la mercancía de baja calidad que compro en el Eje Central
El sábado en la noche vi una película que me atraía morbosamente: Across the universe. Quería verla sobre todo porque he escuchado opiniones muy diversas sobre ella, y nadie se anda con medias tintas: la aman o la odian.
Hago un paréntesis en este punto para recordar al lector añejo y olvidadizo que soy bien fan de los Beatles, aunque no tanto. Más bien debo decir que les tengo cariño porque a partir de ellos conocí mucha música distinta cuando estaba en mi mocedad. Y creo que gran parte de mi pobre formación musical tiene sus raíces en mi viejo gusto por ellos. Los he disfrutado intermitentemente, y, siempre que los he abandonado, ha sucedido algo que me hace regresar a escucharlos. Aunque me sé casi todas sus canciones, hace mucho tiempo que no busco oírlos, quizás una canción que de pronto quiero escuchar, pero no mucho más que eso.
Ahora bien, me pareció que muchos de los comentarios alrededor de la mentada película giran en torno a esto: si te gustan los Beatles, vas a amar la película; si la odias, es que no eres fan.
Yo vi Across the universe estando altamente prejuiciada, lo confieso, habiendo leído algunas críticas que más o menos hablaban de sus fallos y después de ver uno de los tráileres, que me pareció espantoso. Aun siendo fan de los Beatles, nunca pensé que la película fuera tan, pero tan mala. Las actuaciones son horrendas, las escenas no tienen la mínima ilación entre ellas, la anécdota da para -máximo- diez minutos, no hay medio cóver memorable, bla, ni siquiera es entretenida. Ojalá que Paul McCartney muera pronto para que se revuelque en su tumba. Lo mejor de la película, debo aceptarlo, fue ver a Bono haciendo el ridículo como doctor Robert; pero Bono es de por sí altamente ridículo, así que tampoco significó una novedad.

3. Sobre la necesidad humana de conseguir amor, compañía y alimento
Hoy me senté a escuchar durante largo tiempo una conmovedora historia de amor. Estas dos amigas, A y B, se fueron a enamorar del mismo sujeto, Z. Esta situación puso en jaque la firme relación de amistad entre A y B. A se encontró a Z por casualidad, y Z le regaló la mitad de su torta de arroz y salchicha. Luego se enteró de que Z traía dos tortas, por lo que al poco tiempo comenzó a pedirle a Z que le diera una torta entera. Z, viendo que ganaba en galanura y perdía en lunch, pidió a su madre que ya no hiciera dos, sino cuatro tortas de arroz con salchicha para poder ser complaciente sin necesidad de pasar hambre. Por su parte, B fue a Guanajuato mientras A iba haciendo méritos y ganando puntos con Z. Sabiéndose en desventaja, le trajo una momia de charamusca al objeto de su amor. Z, posiblemente conmovido, besó a B, lleno de gratitud y pasión ante ese bonito detalle. A, en cambio, supo esperar el tiempo necesario, y algún tiempo después, quién sabe por qué, terminó yéndose a vivir con Z. Al final todo salió mal. A corrió a Z, y tengo entendido que le tiró la tele por la ventana. Triunfó la amistad: A y B reconstruyeron su relación, y ahora conocen a Z como "el maldito marrano".

4. Sobre la hidrofobia y la aracnofobia
Soñé que iba a ir a clase de natación, pero ya estaba diez minutos tarde. Decidí bañarme en la regadera comunal que supuestamente había a la entrada de la vecindad en la que para el caso habitaba. Cuando jalé la cadena que daría paso al agua helada, me desperté. Patricio estaba tratando de ver La brújula dorada, película que yo había aceptado ver sólo porque era su cumpleaños, misma razón por la que yo debía estar muy atenta a la proyección, sin cometer la grosería de quedarme dormida a cinco minutos de iniciada.
En venganza, o en un hecho totalmente aislado, sucedió esto: una araña se metió al departamento y me picó. Patricio, quien debe salvarme de las amenazas de la naturaleza salvaje, no la mató, sino que la recogió y la puso en la cocina. A los tres minutos, la araña ya había regresado y me había picado otra vez. Patricio la agarró y la puso en la habitación. Y sucedió lo mismo varias veces, hasta que yo estuve llena de piquetes en lugares inconvenientes. A este momento, no sé dónde diablos se ha metido la araña y, si la veo, la mataré aprovechando que Patricio no me vigila ni me hará sentir mal por aplastar con mi suela una ponzoñosa forma de vida.

5. Sobre los eventos acaecidos el domingo
¡Qué buen partido! Hace mucho que no veía uno tan emocionante, desde el principio hasta el fin. Odio el medio tiempo y los previos y la ceremonia del Lombardi (cuando no están involucrados los míos), pero qué buen juego y qué pase impresionante el de Manning a Tyree. También fueron memorables la paella y las chelas y el pastel de zanahoria con canto de Mañanitas a todo pulmón.

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sábado, febrero 02, 2008

Pues sí soy una triste subordinada, sí nací para maceta, sí soy un épsilon y la perpetua empleada de la Parisina

Pero no importa, porque ¡qué buena estrella tengo!
No me querían pagar, y ya me pagaron. Ya alcanzó para la renta y para muchas cosas que quería desde hace tiempo, de modo que anoche me tiré a la compra compulsiva de objetos inútiles. Mi recibo de luz, por alguna retorcida razón, llegó por treinta y seis pesos, asunto que alegró a mi espíritu atribulado. No sé cuánto tiempo durará esta situación feliz, pero espero que sea lo suficientemente larga para conseguir mi estabilidad y mi refrigerador. Sobreviví a la semana sin mayor sufrimiento aparte del secuestro de María Eugenia por parte de Daniel, y dos asignaturas un tanto extrañas: debo terminar un libro para el viernes e ir a ver a un autor para decirle que, si quiere que corrija su libro, primero tiene que escribirlo.
Mientras todo pasa, disfruto mi buena estrella y de las buenas noticias. Es sábado y estoy sola desde muy temprano en la mañana; no importa. No importa porque aproveché para adelantar un buen tramo a mis lecturas y para fantasear sobre la pasta que le pondré a un par de cuadernitos que ya llevé a refinar con don Encuader. Pondré la agenda al día. Al rato va a llegar Patrice, e iremos a comer sushi, aunque no sé si haya una opción vegetariana, como rollo de soya o de gluten. También es sábado de helado artesanal de queso y mamey.
Mañana iré a Toluca a ver el Superbowl con paella y chelas, o eso prometen los anfitriones. Yo me inclino por apoyar la sangre Manning, aunque creo que ganarán los Patriotas. Pese a mi resentimiento, acepto que juegan maravillosamente. No me queda más que esperar que sea un buen partido, y que Manning -el mío- no envejezca tanto como para no volver a verlo con su Lombardi.

Anuncios y recordatorios:
1. El lunes es cumpleaños de Patricio, por lo que aconsejo que aprovechen el fin de semana para pensar qué van a regalarle.
2. No olviden comprar su cachito de la lotería a partir de la próxima semana; recuerden que Omar, compañerito mío y diseñador de toda nuestra confianza, lo hizo con sus propias manitas. Y, aunque no lo quiera aceptar, está todo entusiasmado de ver su diseño siendo vendido por miles en las calles de la ciudad.
3. El aguacate está muy caro.
4. Éste de aquí es Akwetspalin Ome Pedro Serakokonetl, el bicho que nació para triunfar:
"¡Timotaske!", exclama amablemente.

5. Ya es febrero. Espero que hayan comenzado con puntualidad su lectura de la Bitácora. Por mi parte, sigo con la mente en el "Madrigal por Medusa" y el dolor bisiesto emparedado en años.

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