viernes, febrero 22, 2008

Fragments left at the end of the day / A pile of blue that is soon swept away


Él tenía 27 años cuando lo conocí; yo, 18. Me asombraba; yo quería ser poseedora de su inteligencia prodigiosa y cargada de misterio. Me enseñó un pedacito de la ciudad, me dio mezcal de naranja, leyó mis cuentos, estudiamos griego, despreció mis detalles bobos.
Se transformó sin previo aviso, así, de la nada. Un día hablábamos de mujercitas y falditas; al siguiente me dijo algo del amor y del prójimo. Yo no lo entendí. Le guardé resentimiento. Luego olvidé todo, o procuré hacerlo. Creo que nunca supo lo mucho, muchísimo que me importaba, lo mucho que me preocupaba por él (muy probablemente sin sentido), lo mucho que lo extrañé cuando se fue.
Hoy me lo encontré, como un fantasma flaquito. Arrastra la s. Se ve, si no feliz, sí muy tranquilo. Raro porque, después de dos años de haberlo visto por última vez, la semana pasada le mandé un mail diciéndole que esperaba que algún azar nos juntara en Félix Cuevas. Efectivamente, ahí nos encontramos. Intercambiamos números de teléfono, nos abrazamos, nos prometimos un café de esos que se postergan hasta la muerte.

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