lunes, febrero 18, 2008

Lunes, cafeína y negación

Ahora me angustia el consumo de café: dos tazas, y mi cuerpo no puede recuperarse en un tiempo exageradamente largo. Me preocupan desmesuradamente muchas situaciones: me causan aflicción las mujeres de piernas largas, las muy amables y hermosas, de cabello dorado; las señoras que me recuerdan a mi abuelita, tanto por su capacidad de mando como por su necesidad de hablar con todos los desconocidos que cruzan su camino. Recuperada del susto, me entristecen los hombres que, solos, extienden una mano para tocar las tetas de las mujeres encontradas al paso. Me agoto especulando sobre mundos posibles. Me altera la falta de sopapa, de elástico celeste, de futón color camello. Me tiembla un nervio que vive debajo de la ceja derecha. Estoy a cargo de documentos cuya ubicación desconozco; debo terminar un libro, entregar el PDF. Soy muy vieja para aprender a usar Linux. Me tortura la idea de que mi cactus muera en una helada nocturna, si es que vuelvo a olvidarlo en la escalera.
Quiero tomar fotografías y nadar y sembrar jacarandás y comer higos. No quiero aceptar lo mucho que he pensado en La caída de Edward Barnard. Quiero ser una criatura silvestre, cortar cocos, cambiar su pulpa por algodón, bañarme en una piscina natural, andar por el mundo envuelta en un pareo.

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