miércoles, marzo 26, 2008

Sobre el misterioso mensaje que no he recibido y que posiblemente no recibiré jamás

El lunes la vi por primera vez. Yo iba en el Metrobús. Los viajeros crecieron en cantidad, al grado de que quedé a la mitad del vagón, sin tubo del que sostenerme. Se empezó a reír y, con toda naturalidad, como si viniéramos juntas, me dijo que eso le recordaba una película de Demi Moore en la que la ponen en medio de un autobús en movimiento, sin nada de que detenerse, a ver cuánto aguantaba. No reconozco la escena, seguramente porque no vi la película, pero sonreí cortésmente de cualquier modo.
Anoche salí a caminar por los alrededores de mi casa y un poco más allá. Como la plática estaba bien mientras caminábamos, no destaqué el hecho de que la vi caminando por la misma acera por la que caminábamos nosotros. Me pareció curioso, sin más.
Hoy, regresando de comer, la vi caminando sobre Insurgentes. Como la plática también estaba entretenida, dejé el relato para más adelante, pero esto comenzaba ya a parecerme sospechoso.
Ya para acabar la jornada, recapitulé los encuentros, y Daniel estuvo de acuerdo en que hay algo raro en todo esto. Él dice que, con toda seguridad, ella tiene un mensaje para mí o yo tengo un mensaje para ella, pero que no puedo llegar y simplemente plantearle la cuestión. Sugiere que labre una amistad, derivado de lo cual se revelará el misterio. Pero también dice que se me verá muy mal si me acerco y le digo, con la elegancia que me caracteriza, "permíteme frecuentarte". Jo. Yo no quiero una amistad, sólo quiero la resolución del enigma.
Ahora bien, hace rato volví a verla, esta vez relativamente cerca de mi lugar de trabajo, es decir, cerca de donde la encontré más temprano. Me iba a acercar, pero me sentí muy ridícula y salí huyendo.
¿Qué tal si ella tiene la respuesta?, ¿la respuesta relativa a qué? ¿Qué tal si no la vuelvo a encontrar? ¿Y si fue mi última oportunidad? ¿Será mi hermana gemela perdida, de quien me separaron en la infancia, pero a quien el poder de mi sangre llama? ¿Qué va a ser de mí sin saber el secreto que me oculta pero que me sugiere cada vez que se me atraviesa en el camino? ¿Y si es una situación bien loca tipo Lost del tercer mundo, y eventualmente terminamos tiradas en una isla maldiciéndonos mutuamente y los flashbacks de la serie de mi vida muestran estos encuentros casuales, para placer y agonía de una audiencia que hace multimillonaria a una estúpida cadena de televisión? ¿Y si resulta que sí tiene algo importante que decirme? ¿Sabré afrontar con madurez el momento en que me diga "Sí, tengo esta carta para ti: san Cosme y san Damián desean advertirte sobre la decisión que estás a punto de tomar"? ¿Es eso? ¿Debo dedicarme a la sanación de los enfermos?

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No sé bailar

Cuando he intentado aprender, he sido un fracaso incuestionable, y todos a mi alrededor terminan pisoteados y un tanto frustrados por mi incapacidad para aprender. Siempre fui mala para las matemáticas. Siempre inventaba el resultado del cálculo mental que nos hacía todas las mañanas un maestro que usaba tacones, y siempre fallaba en la adivinanza. Olvido, a la fecha, las tablas de multiplicar. No sé manejar, y yo acuso a mi zurdería, aunque posiblemente tengo un síndrome general de falta de coordinación. Cuando intenté aprender, me subí a una jardinera, y mi papá se puso pálido, tras lo que renunció para siempre a enseñarme. Cuando estoy bebiendo cualquier cosa, me tiro la mitad del líquido encima, gracias a lo cual todos pueden ver qué estuve bebiendo. Cuando estiro la mano para alcanzar algo que está al otro lado de la mesa, meto la bufanda en la salsa. Pese a que suelo caminar mirando el piso, tiendo a pasar por alto los baches y escalones que cruzan mi camino, y tropiezo con frecuencia. Y, dado que suelo caminar mirando el piso, no veo los postes y carteles con los que choco a cada instante. No veo de lejos y, a pesar de la alta graduación de mis lentes, por lo general preciso ayuda para ver los nombres de las calles o la cartelera del cine. No veo de cerca, y las letras en los libros hacen una fila de hormigas frente a mí y se salen corriendo de la hoja. No sé cuidar mis pertenencias; todo se me desintegra en poco tiempo: se ensucia, se rompe, se deshoja. Mi barniz no dura una jornada entera. Soy sucia y desordenada. Berrinchuda y grosera. Soy fea como la chingada: coctel de malos genes, parece que a propósito escogí lo peor de cada quién. Mi cabeza almacena millones de datos en desorden, por lo que mis conocimientos sirven para maldita la cosa. Hago comentarios de mal gusto en mal momento. La gente que me frecuenta se ha sentido incómoda más de una vez en mi presencia por ese hecho. Tengo mal gusto general y nulo sentido de la moda. Prefiero los carbohidratos a los vegetales, y me gusta más la carne que la soya. Carezco de creatividad y no sé cómo combinar colores. Tengo una debilidad por la androginia. Me corto los dedos cuando quiero rebanar un aguacate, y siempre tengo moretones en las piernas, aparecidos mágicamente. No sé peinarme. No sé pintarme. Soy tibia. No me conmueven las causas perdidas ni tiendo la mano al desvalido. Me estreso a la menor provocación y me da insomnio. Me harto fácilmente, soy irritable, grito, lloro más de lo conveniente. No sé escuchar. Me da miedo el dentista. Odio que todavía me afecten los comentarios sobre mi apariencia física, aun cuando no sean particularmente insidiosos. Acto seguido, se destruye mi autoestima malhechota e improvisada, comprada en abonos onerosos a un psicólogo, y sin garantía. Debo comer menos, vomitar más.

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martes, marzo 25, 2008

Actualización con la que evito que al blog le salgan telarañas

En este post me iba a quejar con amargura de alguna cosa, pero no sabía exactamente de qué, entonces me arrepentí. No es que no tenga de que quejarme, pero, hasta que no lo entienda, deberé contenerme.
Por lo pronto, me limitaré a la somera descripción de asuntos igualmente intrascendentes: hoy bajé Hercules and Love Affair. Como todo lo ignoro, me puse a investigar; investigué poquito y no me enteré de gran cosa. De inicio, la buena noticia era Antony Hegarty pero, cuando lo escuché, me quedé pasmada. En mi breve investigación saqué una sola cosa en concreto: la gente que habla de Hercules and Love Affair (whatever it means) aplaude que por fin haya una grabación audible de Antony, pues utiliza su voz prodigiosa con fines más altos que de ordinario: hacer material bailable y no lloroso y deprimente. Yo no estoy de acuerdo en absoluto, y espero que en cualquier momento regrese al lado de sus Johnsons y haga lo que sabe hacer mejor.


Antony sin Johnsons:

Antony con Johnsons:
¡Juzgue usted!

A continuación despejo sus dudas, curioso lector, con un breve resumen de mis vacaciones:
Fui al cine. Me quedé dormida a la mitad de la película, a pesar de que estaba medianamente interesante. Pero es que fui sola y no había quién me diera un codazo en el momento en que se revelaba el secreto.
Me compré unos tenis nada más porque estaban baratos.
Comí muchas fresas y zarzamoras.
Le puse pila a mi reloj tras dos décadas de traerlo cargando en mi bolsa por si alguna vez me topaba con un señor relojero. Se descompuso parcialmente un ratito después de arreglado, y ahora se va retrasando de media hora en media hora, con regularidad.
Oí radio compulsivamente.
Encuaderné. Hice cuatro libretas pequeñitas y las vendí. Olvidé sacarles foto para el catálogo de encuadernación que estoy elaborando (o que estoy pensando en elaborar).
Fui a Toluca con Patricio. Mi mamá nos hizo camarones al mojo de ajo y pastel de espinacas. Mi papá me quemó el soundtrack de Sweeney Todd. Fuimos al circo con mi hermana, Azul y un mono capuchino que se llama Mono Capuchino. Vimos al gato Popota. Hicimos compras en Metepec.
Leí varios capítulos de Rayuela con mi glosario argentino-mexicano a un lado (léase Patricio).
De ahí en adelante, se me fue en hacer limpieza general, ver películas, comer pasta con tomate y parmesano, ver el techo y pintarme las uñas repetidamente.

Por último: ¿alguien vio la maravillosa revelación de la semana? ¡Ya sabemos cuál es la verdadera identidad del hombre misterioso!

Pronto: un post decente.

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martes, marzo 18, 2008

De cómo mi día iba muy mal hasta que, de tan malo, me empezó a dar mucha risa

Hoy fui víctima de la más sucia de las tretas. La historia es como sigue:
Ayer, mientras todos ustedes salían de vacaciones, yo me reintegré al mundo laboral sin pena ni gloria. Pasé dos buenísimas semanas libres sólo para regresar al mismo punto del que había partido, váyanse a saber por qué. El discurso fue, más o menos, éste: "Vete, pero nada más tantito. No, no, ¿sabes qué?, mejor descánsate tantito, regresa, y luego ya te puedes ir otra vez". Todo lo acepté, en mi infinita apatía. Mientras tanto, aproveché para ponerme al tanto en la cartelera y en mis lecturas (aunque más o menos).
Todo seguía igual, hasta mi wallpaper. En los límites de la normalidad, la jornada de ayer no estuvo nada mal.
En contraste, hoy estuve enojada todo el día por diferentes circunstancias: tuve un breve enfrentamiento con uno que se hace la víctima y que, viéndome mensa, cree que no voy a responder a sus provocaciones, y ni sé exactamente de qué me acusa; tuve que oír a Bob Sinclair por horas (y sábete, lector, que también ayer me lo tuve que aventar, bajo el argumento "es que yo oigo música muy diferente"); tuve hambre; me desesperó uno que cree que el amor se da en maceta y que no aprovecha las someras ocasiones que le aparecen para estar contento (esto, claro, es algo que no me incumbe, pero es que me choca). Encima, otra vez demostré que me importa más tener la razón que estar tranquila. A veces parece que no reconozco límites y hago lo que sea por demostrar la validez de mi argumento. Por si fuera poco, me siento impotente ante los hechos de que me enteré hace unos pocos días: una persona que me importa -aunque nunca se lo he demostrado... ni yo ni nadie- tiene problemas que yo me atrevo a calificar de graves (aunque no debemos ignorar que mi vida no ha tenido la sazón de la vida real), y no sé por dónde ayudarla. Y no me perdonaría no ayudarla.
Todo este mal sabor de boca se me pasó cuando lo cambié por el maguey, el gusto ahumado. Imagínese, lector: hombres encorbatados, copias desordenadas de contratos sospechosos por firmar, empleados vulnerables que a estas alturas no tienen más opción que decir que sí a todo, un abogado que entra y sale varias veces con documentos ligeramente modificados, ediciones artesanales de cuentos y cantos juchitecos, relatos alegres sobre la tradición mezcalera, un mapa gigante de Oaxaca, mezcal en las manos, olor a maguey, y fírmale aquí y por acá, ¿más mezcalito? Salí, junto con una selecta compañía y ánimo festivo, sin saber exactamente en qué paró la firma y si esto derivará en algo, al menos, no tan malo. Ocho kilómetros después caí en cuenta de todo esto. Y después me encontré al juchiteco en la sección de vinos y licores del WalMart.
Y podrá usted no creerlo, pero ahora estoy muerta de la risa.

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viernes, marzo 14, 2008

Breve antología de mi sufrimiento reciente

¿Quién me regala un poco de tierra / para mi consolación?
Quiero un pedacito de tierra, uno muy pequeñito (pequeñito por ahora; con el paso de los años deberá ser más y más grande). La cosa aquí es plantar un jacarandá. Pido, entonces, un pedacito de tierra a mis padres, quienes gustan de tener toda clase de flora en su jardín. Tienen, de hecho, un árbol bastante grande a la mitad del terreno, y también perales y ciruelos y creo que hasta un manzano. No se niegan rotundamente, pero me aclaran que el clima toluqueño no es apto para jacarandás, pues tienen que crecer en un clima tropical o, ya de perdida, medio caluroso y con larga temporada de lluvias. También me dicen que sus raíces son incontrolables, y que al rato van a tener que derrumbar la casa con tal de mantener al jacarandá en su lugar, y pues como que no les sale.
Para todos aquellos en quienes están surgiendo las suspicacias, aquí hay una bonita aclaración del DPD.
Para quienes están interesados en la vida y obra del jacarandá y en por qué no se puede sembrar uno en Toluca, acá hay un artículo de la Wikipedia que despejará sus dudas.

Atentado fallido
Tengo un cactus. Ya lo he mencionado antes en este espacio, pero haré una breve semblanza de su espinosa vida. Se llama Iván Espinoso, y me ha acompañado por alrededor de cinco o seis años. Me costó cinco pesos, y lo adquirí en algún lejano cumpleaños mío, en mi lozana y lejana juventud. Además del nombre que he mencionado ya, también ha sido conocido como Dutchy, Domingo y Piotr, entre otras barbaridades. Ha multiplicado su estatura y su espesor unas cuarenta veces. En ocasiones le pongo café o manzanilla, sustancias que lo hacen crecer con más velocidad. Antes vivía al aire libre; ahora está confinado a las cuatro paredes de mi cocina, lo que hace que -al menos- sienta el calor de hogar.
He decidido sacarlo al sol por las mañanas, al menos cuando estoy en casa (o sea, diario, a últimas fechas). Esta mañana, un psicópata lo pateó. Iván Espinoso rodó, aferrándose a su maceta y perdiendo en tal maniobra una cuarta parte de su tierra y de su seguridad en sí mismo. ¡Maldito psicópata! Estoy segura de que fue el vecino horrible que nos odia por alguna retorcida razón y que nos observa desde su baño cuando cocinamos. Lo odio.
Iván Espinoso en El agente 00-Cactus, julio de 2007

Libros, astigmatismo y frustración
Ayer fui a ver libros sin intención concreta de hacer una nueva adquisición. Pero, como todos sabemos, la actividad de ver libros a lo menso constituye un gran riesgo, pues inmediatamente comienzan a surgir antojos imprevistos. Vi muchas publicaciones apetitosas y prometedoras: me emocioné, sufrí y casi salí llorando de la librería, pues no podía adquirir cuanto me ilusionó. Salí, en fin, con un solo libro en las manos: teoría literaria, humor, cine, literatura, en fin, ese tipo de cosa. Anoche, sin embargo, no pude dormir en paz pensando en uno de los ejemplares que hojée.
Hoy fui por él, llena de remordimiento. Es decir, estaba caro, pero tenía un gran descuento, además de que era una gran edición, una gran selección de un gran autor y con un título que era imposible ignorar. Bueno, pues resulta que mi astigmatismo me jugó una sucia treta, y el descuento que yo vi ayer realmente no era tal. Cambié un tres por un dos, un ocho por un cero y... ¿para qué le sigo? Me conformaré con seguir leyendo el que compré ayer. ¡Sufro!

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miércoles, marzo 12, 2008

Sobre lo que sucedió en otro de esos concilios y de por qué es conveniente quedarse en casa viendo largometrajes animados japoneses

Un pintoresco grupo de vacacionistas se presentó a la cita: despeinados, hombros descubiertos, luciendo nuevos cortes de pelo, tomando mate (termo en mano), barniz azul. En la mesa, la imagen de unos simios-manatíes de grandes dimensiones, cabeza humanoide y garras; el pelo anaranjado cubría el cuerpo de las extrañas criaturas. Al otro lado de la mesa había un asiento vacío y tres señores con corbata. Estaban evidentemente incómodos, no tanto por su arreglo, sino porque había que acomodar las palabras sin dar cuenta de que se habían tropezado con sus propias garras y sus cabezas de simio-manatí.
Me sentí aburrida, ya sabía para qué estaba ahí, y sólo quería dar el asunto por terminado. A la espalda de los tres hombres encorbatados -a través de la persiana-, vi un arcoíris, no gordo y ancho como los de las caricaturas, sino flaco y alto, saliendo de un edificio.
(A veces soy Meursault; a veces, una cabra, viendo el horizonte con ojos vacíos. Ahora no sé claramente lo que quiero, y no importa: "Ayer lo mismo fue que hoy está siendo, / y mañana será tal como ahora... / a sabiendas o no, pero mintiendo".)
Tomé café, me atoré en el Metrobús y me dolió el brazo; casi caigo de un camión: volaron mis lentes y perdí un zapato, con lo que mi calceta a rayas con separación de dedos quedó en exhibición a la mitad de avenida Universidad. En el súper, mi cabeza chocó contra una lavadora. Un escalón se materializó súbitamente, y estuve cerca de rodar por el asfalto junto con mi caja de pizza. Hay ocasiones en que, por lo visto, soy más sensible a la gravedad que de ordinario.
La vida mejoró cuando vimos El increíble castillo vagabundo.

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martes, marzo 04, 2008

Sobre los resultados del concilio a que fui convocada y de por qué debí quedarme en casa a retocar mis uñas

Traté verdaderamente de mantener un ánimo optimista. Lo que saliera de una posible (mas poco probable) negociación estaría bien; lo que ofrecieran, en tanto existiera la voluntad de organizarnos, era aceptable. De lo perdido, lo que apareciera. Pero no apareció nada más que mi frustración, el mal ambiente, el borracho de los ojos vidriosos, la evidencia de que ésta es una pésima idea. Desapareció, en cambio, mi deseo de hacer algo y de hacerlo bien; también se fueron mis horas de vida sentada frente a la ventana, viendo cómo atardecía irremediablemente.
La situación es como sigue:
Borracho de ojos vidriosos: "Necesitamos con urgencia un corrector para un libro que todavía no se envía, pero el autor quedó muy formal en escribirlo. Tenemos un candidato muy fuerte contendiendo en esta categoría, ¡nomás bájenle cinco pesitos a su presupuesto, y el libro es suyo!"

Y el ganador es... ¡Aqua Kores!
A ver, Daniel, gánale al Aqua Kores, gáaanale

Bueno, de paso ya se me vio la intención de presumir mi comedor nuevo y mi mueblecito. Esto da pie a un bonito post relleno de fotos, de esos que escasean a últimas fechas en La cabeza de Berlioz.
Así se ve Bob Dylan desde lejos.
Ya nunca lo comenté, pues se me atravesó la realidad,
pero el concierto estuvo bien, pero bien bueno.


Pasta tricolor con mantequilla y pimienta. Pan con queso.

Crema exfoliante de chabacano.
Mismo ingrediente activo del chamoy,
efecto radicalmente opuesto.


Mi pulsera de la suerte.
Perlitas negras de diez pesos.

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lunes, marzo 03, 2008

Atención: primeros días de marzo

Dediqué el fin de semana a la autocompasión. Si quiero evitar deprimirme en serio, debo establecer horarios para el más desmesurado de los dramas. Por eso comí mucho arroz y helado de fresa. También entré a ver Juno, con el té helado más caro de mi historia y caja de cafiaspirinas. Rancheritos con chamoy. Llené el carrito del súper de productos que luego no compré. No encuaderné. Lloré, dormí cuatro siestas, se me torció el cuello y me salió un moretón. Arrastré los pies, anduve cabizbaja y no me bañé. Maullé y estuve irritable. Fui muy convincente.
Luego vino don Mueble y nos entregó nuestro comedor y el mueblecito que necesitábamos tantísimo; ahora no sabemos qué ponerle adentro. Dedicamos horas a mover todos los muebles, sólo para descubrir que se veían bien en su disposición original. Terminamos de ver todos los capítulos disponibles de Avatar, y ahora pasarán semanas hasta que sepamos las represalias que tomará el Señor del Fuego contra Zuko.
Para cuando recibí la llamada de uno de mis compañeros de afrenta, había tomado la decisión. No necesito problemas; no necesito meter en problemas a nadie para obtener algo bueno para mí. Ya sé lo que voy a hacer, aunque no sé exactamente cómo procederé, ni sé las represalias que tomará el Señor del Fuego contra mí.
Es lunes; son casi las nueve de la mañana; estoy en casa y traigo mi pijama de Pantera Rosa. Quedarme aquí tiene sus ventajas: mi cactus, Iván Espinoso, se prepara para un baño de sol extraordinario; musicalizo el edificio con Thomas Fersen, acallando a los vecinos que se pusieron a ver Across the universe a todo volumen; actualizaré mis documentos, me exfoliaré, comeré ensalada, rellenaré mi mueble nuevo, iré a mi junta de las 17:00 horas con buen ánimo. Ya no me importa mucho lo que pase, y lo que resulte estará bien.

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