miércoles, marzo 26, 2008

No sé bailar

Cuando he intentado aprender, he sido un fracaso incuestionable, y todos a mi alrededor terminan pisoteados y un tanto frustrados por mi incapacidad para aprender. Siempre fui mala para las matemáticas. Siempre inventaba el resultado del cálculo mental que nos hacía todas las mañanas un maestro que usaba tacones, y siempre fallaba en la adivinanza. Olvido, a la fecha, las tablas de multiplicar. No sé manejar, y yo acuso a mi zurdería, aunque posiblemente tengo un síndrome general de falta de coordinación. Cuando intenté aprender, me subí a una jardinera, y mi papá se puso pálido, tras lo que renunció para siempre a enseñarme. Cuando estoy bebiendo cualquier cosa, me tiro la mitad del líquido encima, gracias a lo cual todos pueden ver qué estuve bebiendo. Cuando estiro la mano para alcanzar algo que está al otro lado de la mesa, meto la bufanda en la salsa. Pese a que suelo caminar mirando el piso, tiendo a pasar por alto los baches y escalones que cruzan mi camino, y tropiezo con frecuencia. Y, dado que suelo caminar mirando el piso, no veo los postes y carteles con los que choco a cada instante. No veo de lejos y, a pesar de la alta graduación de mis lentes, por lo general preciso ayuda para ver los nombres de las calles o la cartelera del cine. No veo de cerca, y las letras en los libros hacen una fila de hormigas frente a mí y se salen corriendo de la hoja. No sé cuidar mis pertenencias; todo se me desintegra en poco tiempo: se ensucia, se rompe, se deshoja. Mi barniz no dura una jornada entera. Soy sucia y desordenada. Berrinchuda y grosera. Soy fea como la chingada: coctel de malos genes, parece que a propósito escogí lo peor de cada quién. Mi cabeza almacena millones de datos en desorden, por lo que mis conocimientos sirven para maldita la cosa. Hago comentarios de mal gusto en mal momento. La gente que me frecuenta se ha sentido incómoda más de una vez en mi presencia por ese hecho. Tengo mal gusto general y nulo sentido de la moda. Prefiero los carbohidratos a los vegetales, y me gusta más la carne que la soya. Carezco de creatividad y no sé cómo combinar colores. Tengo una debilidad por la androginia. Me corto los dedos cuando quiero rebanar un aguacate, y siempre tengo moretones en las piernas, aparecidos mágicamente. No sé peinarme. No sé pintarme. Soy tibia. No me conmueven las causas perdidas ni tiendo la mano al desvalido. Me estreso a la menor provocación y me da insomnio. Me harto fácilmente, soy irritable, grito, lloro más de lo conveniente. No sé escuchar. Me da miedo el dentista. Odio que todavía me afecten los comentarios sobre mi apariencia física, aun cuando no sean particularmente insidiosos. Acto seguido, se destruye mi autoestima malhechota e improvisada, comprada en abonos onerosos a un psicólogo, y sin garantía. Debo comer menos, vomitar más.

Etiquetas:

3 Comments:

Blogger el7palabras said...

¡Ay Diana!

(7) ahora sí me mié de la risa.

(7) Pero eso sí, escribe usté muy chido.

A huevo: fáns.

16:44  
Anonymous Chole said...

Pues no sé si se tratará de un gen maligno. Es posible. Existen algunas similitudes entre usté y yo. ¿Será? Güeno, espero no pasé a futuras generaciones y aquí se queden esas malformaciones congénitas cerebrales. ¡Jajaja!

13:08  
Blogger Fairest Creature said...

Jajaja. Ya le había yo informado que mi verdadera vocación es el llanto, ¿a poco no?


Órales, me cae que va a llover. Nunca te veo por acá, y me da harto gusto. Ahora que tu calidad de vida ha aumentado, espero que estemos en contacto más a menudo. Ji, gen maligno.

17:03  

Publicar un comentario

<< Home