miércoles, julio 16, 2008

Trabajo bien bajo presión

...pero no me gusta. Las largas vacaciones han derivado en que ahora tenga más actividades de las que he tenido en toda la vida, y todo tiene fecha de cierre o de entrega. La hora del día que más odio son las 18:00, porque es el momento en que se divide la vida en lo que me dio tiempo de hacer hoy y lo que ya va a tener que dejarse para después, para cuando se pueda. No me gusta que se acabe el día, y admiro profundamente a las personas que hacen rendir su tiempo y que se van a dormir satisfechas de haber tachado todas las actividades de sus listas de pendientes. No me gusta que llegue la madrugada cuando todavía tengo ochenta cosas por hacer. Tampoco disfruto la hora de inicio del día, y sufro el momento ése que está entre el sueño y la vigilia, en que se tiene que decidir si se da otra vuelta en el edredón tibio o si se saca un pie al frío mundo exterior. Siempre he sido malísima para despertarme temprano, y me dan miedo los trabajos cuyo horario comienza antes de las nueve de la mañana.
En estos últimos días le he fallado a todo mundo. Rocío dejó de quererme porque no fui a comer con ella, porque me negué a un café, porque le dije que íbamos al mercado y luego ya no le dije nada. Ayer dejé plantadas a mi mamá, a mi hermana y a mi abuelita, toda una estirpe desairada. Nuevos ejemplares de Solanos y Romeros nacen cada día; la nueva generación toma forma, y yo estoy al margen de los acontecimientos. No fui a ver a Geraldine por el nacimiento de Salvia. (Mi tiempo de tener progenie quedó atrás, y ni siquiera me di cuenta de cuál era el momento oportuno. No quiero ser madre treintona con chamaco de brazos, me daría mal aspecto, perdería todo estilo.)
No quiero salir de la cuidad cargando tabiques en la espalda. Todo tiene que estar listo lo antes posible, o quedaré mal también con mis compañeros de viaje, pues es poco elegante irse de vacaciones con una pila de pruebas y una pluma roja. En más de un modo sé que no merezco lo que obtengo, pues todo está pendiente, todo está a la mitad, no he hecho nada que valga una recompensa.
Tengo una pila de ropa sucia, una de pruebas y tres de cuadernillos. Tengo un síndrome de perpetua somnolencia. Tengo miedo de Dewey y de su infinita precisión. Tengo que hacer maletas, entregar libretas que no he empezado a hacer, comprar papeles, preparar outfits, ir a la biblioteca, imprimir tarjetas, lavar mis tenis, sacar fotocopias, decirles a todos -con mi mejor cara- que sí, que hoy nos vemos para desayunar, comer, tomar café, cenar, ir al cine, echarle serpentinas a los cumpleañeros, jugar una larga partida de ajedrez, abrazar a los novios, bailar, cantar y conocer el mundo.

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2 Comments:

Anonymous Ivanius said...

Jaleos y ajetreos,
abuso de sí misma,
desvelos, somnolencias,
mil quejas y plantones,
otro mil de pendientes
y "descelebraciones".

No sé a ustedes,
pero lo que percibo
es quésta señorita
merece vacaciones...
--
Otro post inimitable de autoterapia bloguera. Seguro que todo se encaminará, ya lo veréis. Un abrazo.

11:48  
Blogger Fairest Creature said...

=)
¡Descelebraciones!

Hermosísima composición. La leo y me dan ganas de irme de vacaciones otra vez, ja.

Un beso, Ivanius.

11:46  

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