lunes, junio 29, 2009

Una noticia y una trivia

Primero que nada, una noticia muy importante: el sábado estuve haciendo tiempo en el Wal Mart en el que me revelan las fotos. Entre otras actividades productivas fui a la máquina de peluches (grúa de habilidad, la llama Bob Esponja). Y, sí, lector, adivinó: ¡me gané un osito de toallita multicolor!
Aquí una foto conmemorativa:

Siempre pensé que era imposible,
pero mire, y muérase de envidia.


Antes me ganaba muchas cosas, pero hace muchos años que no me ganaba nada, por lo que celebré como si me hubiera ganado la lotería.

Ahora, una trivia. Lector, preste mucha atención. Dígame, ¿qué es esto?

Las pistas son muy claras, pero trate de ser lo más exacto posible.
La respuesta más precisa será la ganadora.
Fuera de concurso: Sucesos intrascendentes y Sadóvaya
(que son parientes directos o indirectos en línea recta o inclinada
en los primeros ocho niveles de consanguineidad
de quien organiza el concurso, y, como este concurso se precia
de estar conforme a derecho, debe descalificar a su mera banda).


¿El premio?

Para esa anotación, pare ese número telefónico, llévela, llévela.

Es pequeña, pero está coqueta: 7.9 x 6 cm, forrada en un trocito de chenil (que la gente usa para tapizar su sala, pero que acá ocupamos para cualquier cosa que se nos va ocurriendo). Ande, trate de adivinar. El premio no incluye tablero de Scrabble.

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lunes, junio 15, 2009

Olympus Pen-D3 Half-frame

Hace algunos ayeres, mi mamá se fue a Europa. Como era muchacha moderna, se llevó consigo la cámara más compacta, amigable y con onda del momento: una Olympus Pen-D3 (creo que había unas de la misma línea con más onda, pero digamos que ésta tenía onda suficiente para una chica de mundo). ¿Qué fotos habrá traído mi madre de sus exploraciones en el viejo continente? Misterio. ¿Qué otros caminos habrá recorrido la cámara -con o sin mi mamá- y qué otros escenarios habrá observado? Misterio.
El asunto es que la semana pasada fui a despedirme de mi abuelita (no se azote, lector, nomás fui a desearle feliz viaje, porque está de retiro familiar en un poblado más o menos cercano) y, en su consabida generosidad me regaló la vieja Olympus Pen-D3 que perteneciera a mi mamá y a no sé qué tantas otras personas. No me regaló la Polaroid porque -oh, dramón- se la regaló a un personaje misterioso (óigase el rugir enfurecido de mis tripas). Todo esto tiene sentido porque mi abuelo tenía una gran afición por los aparatejos complicados y de alta tecnología: cámaras de fotos y de video, radios, pantallas de proyección y un largo etcétera que ahora es más bien corto, porque todo se ha regalado y vendido y prestado y perdido y, ah, por fortuna me he quedado con la vieja cámara.
En cuanto tuve la cámara en mi poder, corrí a revelar un rollo que estaba ahí atrapado desde hace por lo menos diez años. Encontré pocas fotos: imágenes de mi abuelo Carlos sonriendo a la cámara, de mi abuela cocinando y del atleta paralímpico Juan Ignacio Reyes, quien -a que usted ni se lo imaginaba- es amigo de mi abuela desde hace muchos años. Larga historia.
De inmediato le puse un rollo nuevo a la camarita, y a disparar. Tomé fotos maravillosas por la zona de mi casa: microbuses, perros, zapatos, piñatas, letreros, patricios, plantas, comida. Esa misma tarde llevé el rollo a revelado, y mi sorpresa fue mayúscula cuando salió virgen. Sí, lector, puse mal el rollo, y la cámara lo escupió y no me avisó e hice el ridículo en mi centro de revelado más cercano.
Tuvo que pasar una semana entera para que otra vez pudiera salir a la calle a tomar fotos a toda velocidad, de camino a hacer las compras quincenales. Si bien ahora no me esforcé tanto en tomar las fotos ni en encontrar objetos maravillosos, estoy contenta con los primeros resultados. Aquí hay algunas fotos tomadas por mí, y otras tantas tomadas por el Pasto. No se vaya sin darme su opinión.

Mandando mensajitos
y poniendo mi cara de pocos amigos.



Mi pila de trastes limpios
y mis trastes de lejos con cafetera, trapos y calentador.


Xola Luz y Zazá
y Xola Luz solita.


Yo desatendiendo a mi hijo maltratado
y yo huyendo de la lente.


Un lugar con servicio de guillotina
y nuestros pies.


El refri y el horno que tiene un botón que dice
"Pescado a la veracruzana".



Yo muy metida pegando las guardas de un libro
y un puesto del mercado.

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domingo, junio 07, 2009

Aprendiendo a retocar

martes, junio 02, 2009

Sobre lo que encontré y que me hizo extremadamente feliz (o de cómo pueden contentarme con basura)

Qué bonito es el chisme cuando educa. Cuando no educa también es bonito, porque entretiene aunque envenene el alma del chismoso. Cuando educa también entretiene y también envenena, pero con el valor agregado de que aporta información hasta cierto punto desconocida. A mí el chisme no me envenena, porque carezco de alma, y es ésta la razón por la que he cultivado el arte del chisme sin remordimientos.
Es de muchos sabido que me es dado coleccionar basura, sobre todo la muy valiosa que encuentro en el interior de los libros viejos. Hace no mucho encontré una foto en un libro para chicas católicas. Alguna vez exhibí en este mismo espacio algunas porquerías que recolecté en un par de días. También encontré unas cartas en un departamento al que me metí. Enrique Guzmán apareció en un recetario. Nunca transcribí la carta de amor a Cielo ni mostré la foto que encontré en Santo Domingo ni las que mis papás encontraron en el cuarto de adobe. Mis agendas guardan muchos recuerdos de gente a la que no conozco, y que por lo general ya tienen sus años. Éste, querido lector, es, precisamente, mi género de chisme predilecto.
Hoy, hasta el mediodía, tuve un día normal: aburrido. Recordé súbitamente que tenía una pila de libros viejos que revisar. Me dispuse a la tal empresa, y mi asombro no cesó hasta que tuve en mis manos no uno, no dos, no tres... quince documentos con mayor o menor contenido anecdótico y la fotografía de una dedicatoria en mi cámara. Todos los documentos encontrados hoy pertenecen a las mismas personas, a una familia, o están relacionados en mayor o menor grado a ellas. Primero me estuve burlando del nombre propio del padre de familia, pues juro que no sabía que ése fuera un nombre que se le pudiera asignar a una persona. Y luego, a mayor acumulación de documentos, se me fue dibujando una historia antigua e intrigante. Estas personas viajaron la mitad del mundo: Puerto Rico, Madrid, Ciudad de México, Rusia, Dublín, Marruecos... Algo me dijo que tenía que preguntarle a Google. Antes de que me diera cuenta, estaba leyendo entrevistas, páginas con resúmenes de biografías y crónicas de homenajes de pipa y guante, breves recuentos históricos de la música en México, del Conservatorio, de técnicas de piano, de otras muchas ubicaciones geográficas que no tenían mención en mis quince documentos, de experimentos sobre animales, de trasplantes de órganos, de la historia de la ciencia en el país, de padres que prohiben a sus hijas planchar y cocinar, porque deben dedicarse al arte.

¡Qué historia propia de Enrigue! El linaje de Beethoven en Mixcoac, facsimilares, Dublín a unos pasos del metro Sevilla.

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